Ayer y ahora

Ayer y ahora

La política no es más que un utensilio para que la sociedad sea firme, se expanda y se beneficie. (Y no sólo según las leyes de la macrodinámica -un poquito risibles-, sino según las más domésticas e íntimas: no hay bien común cuando falla el conjunto de los individuales.) Si tal fin no se logra, la política deberá sustituirse. Porque si no, inevitablemente se hará cada vez más musculosa, más visible, más ensordecedora. Una política fracasada utilizará los medios de comunicación social -que están, hasta por su nombre, al servicio de la sociedad- en su servicio. (Aunque es inverosímil que exista nada, dentro de la sociedad, que pueda contradecir su prelación: es como si una mano se revelase contra su propio cuerpo.) Si una mala política no es sustituida, se fortalecerá e independizará. En lugar de someterse y favorecer a la sociedad que en ella descansa y cooperar con ella, intentará manipularla y conquistarla. Tratará de encubrir o falsear lo que no consiguió cumplir. Se hará omnipresente para que no se perciba su debilidad: contra su horror vacui, producirá una hipertrofia y una elefantiasis. Al menor éxito de una política corresponde su mayor apariencia: lo estamos presenciando. De administradora se habrá erigido en dueña; de apoderada, en todopoderosa; de elegida, en dictadora. Vaya, pues, con dios.

ANTONIO GALA

http://www.elmundo.es/opinion

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