Primavera y el resto

Primavera y el resto

Hay a quienes la primavera no les gusta. Se sienten desplazados; es una celebración a plazo fijo en la que no se cuenta con su humor; trabajan mal, porque comprenden que no es el trabajo lo que deberían hacer, pero ¿qué si no? “¿Qué sabemos del ruiseñor cuando termina mayo?” Es lo que mejor sabemos. Lo que mejor saben. Por eso les turban los ruiseñores que cantan pendientes de su canto, columpiándose en él, indiferentes a cuanto no sea su gorjeo y su amor, como si no fueran nunca a terminarse. ¿Y se terminan? ¿No es siempre el mismo ruiseñor el que se deshace en trinos? Puede que él sí, pero ellos no. Tanta excitación les deprime; querrían irse a otro sitio: al del que viene ese inquietante pasillo, o al que conduce; al invierno o al verano, pero salir del paso. No quieren ver la belleza gratuita y tan ajena: no quieren estar tristes. No les gusta la primavera porque actúa: sienten su suave ahogo; giran los ojos aun con la certeza de que no se hundirán en otros; les asombra la alegre conspiración de fuera; respiran hondo, y entra el paisaje en ellos, se hacen paisaje… Y tienen miedo a abandonarse, no vaya a ser que, como “al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido”, les nazcan hojas verdes. Miradlas; no veáis sólo en su interior el ejército de hormigas y la tela de las arañas. Mirad las hojas verdes: son el milagro de la primavera.

ANTONIO GALA

http://www.elmundo.es/opinion

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