Malas noticias

Malas noticias

Puede ser moralmente discutible que un periódico se cebe en el dolor ajeno para aumentar sus ventas y afianzarse con tal motivo en el mercado. También es discutible la moralidad de quienes ayudan a ese objetivo comprando el diario en el quiosco. Muy a menudo las personas que censuran la actitud del periódico son las mismas que lo compran, como ocurre con esos programas de televisión que si son tan criticados será porque es mucha la gente que los ve. Lo queramos o no, las normas del mercado están con frecuencia por encima de las normas de conducta y suele ocurrir que la oferta es poco ética o explícitamente inmoral porque hay una demanda que también lo es. Cada exceso cometido por los medios de comunicación casaría en todo caso con la correspondiente voracidad de quienes compran el producto, igual que si prosperan los restaurantes de comida rápida se debe a que es muy numerosa la clientela ávida de consumir la clase de menú que decían detestar. En el caso de la prensa escrita, la literatura periodística suele considerarse menos ofensiva que las imágenes de televisión y aun así se polemiza sobre la crudeza de sus textos o sobre la rapacería de sus fotos. Es como si alguien pretendiese cargar sobre la prensa la responsabilidad de los estragos causados por los terremotos o por las guerras y se diese por sentado que la conciencia del periódico coincide en todo caso con su cuenta de resultados. Es cierto que la descripción de la muerte aumenta la difusión de los periódicos y que ésta se contrae con la buena noticia de que no ocurre nada grave, pero eso es así porque, lo queramos o no, el periodismo sigue siendo sin remedio una variante relativamente intelectual de la vieja peluquería de señoras, rancia y sólida institución mediática en la que, como es bien sabido, muchas mujeres se sentaban a que les hiciesen la permanente en frío sólo para que les diese tiempo de enterarse al dedillo de asuntos de los que es obvio que jamás se enterarían en la iglesia. Fui redactor de sucesos durante más de veinte años y podría jurar que cada vez que el periódico informaba de que alguien había resultado herido grave en una reyerta, lo que el público bienpensante esperaba era que la siguiente fuese sin remedio la noticia de su muerte. No quiero ser malpensado pero estoy seguro de que la mayoría de las personas que acuden al quiosco se decepcionarían si el diario no incluyese en sus páginas ese día las malas noticias que uno tantas veces se juró a si mismo que sólo desearía leerlas en el caso de que fuese ciego.

José Luis Alvite/larazon.es

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