Bug Fights: las peleas de insectos que se televisan en Japón

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Hay quienes opinan que nuestro planeta está en realidad controlado por los insectos. La prístina organización comunitaria que muchos de ellos practican, la épica disciplina de algunos y la inigualable resistencia de otros, son argumentos que podrían tomarse en cuenta para respaldar dicha afirmación. Y si tomamos en cuenta que por cada ser humano que habita en la Tierra existen al menos 200 millones de estos pequeños seres, entonces la hipótesis comienza a tomar aún más fuerza. 

A lo largo de la historia humana, los insectos han jugado un rol significativo entre diversas culturas. Ya sea simbolizando deidades o encarnando amuletos, como personajes protagónicos en narrativas mitológicas o como elementos importantes en las gastronomías tradicionales, por mencionar solo algunos. Sin embargo, en algunos países de Asia se registró el surgimiento de una  peculiar subcultura en torno a los insectos: organizar peleas entre ejemplares de una misma o de distintas especies.

Si bien esta actividad podría parecer un ejercicio grotesco para los amantes de la naturaleza y que, difícil negarlo, lleva implícita una cierta crueldad o morbosa fascinación, lo cierto es que es una práctica que en en lugares como China lleva realizándose durante casi quince siglos. Las primeras peleas de insectos de las que se tiene registro datan del siglo VII, en el país oriental, durante la dinastía de los Tang, cuando se organizaban ante los emperadores peleas de grillos o saltamontes. Con el paso de los años, lo que se originó como un espectáculo para la realeza fue popularizándose e impregnándose de mayor sofisticación, hasta llegar a lo que hoy conocemos como Bug Fights. 

 Las Bug Fights son peleas entre diversas especies de insectos, muchas de ellas temerarias, y alrededor de las cuales se acuerdan apuestas. El escenario de estas peleas son recipientes de cristal, suficientemente amplios para que puedan albergar una interacción dinámica entre los “combatientes”, mientras que las paredes completamente traslúcidas permiten a los espectadores apreciar cualquier detalle del combate. El material que se coloca en el suelo del “ring” varía de acuerdo al hábitat natural de los ejemplares que lucharán a muerte, y en algunas ocasiones se coloca algún objeto adicional, por ejemplo, un tronco o un par de piedras, elementos que, presumiblemente, los organizadores creen que favorecerán la pelea.    

Los combatientes son presentados, acorde al surrealismo kitsch implícito en este “deporte de espectador”, como si se tratase de un videojuego, y el narrador aprovecha para exponer algunas de las más temibles virtudes de cada uno. Posteriormente comienza el combate, y ya sea que observes el combate entre un escorpión africano y un escarabajo gigante o entre una tarántula y un pray mantis lo cierto es que, en la mayoría de los episodios, lo más probable es que se geste una angustiante batalla entre los contendientes elegidos. 

Y tras presenciar un par de combates de esta liga llamada Bug Fights, surgen algunas reflexiones: por un lado, desde una perspectiva sociológica, llama la atención la frecuencia con la que surgen extravagantes subculturas en Japón (los yakuza, los otaku, etc). Desde una mirada ecologista, evidentemente las peleas entre insectos representa un teatro de la crueldad, una especie de abuso biológico. Aunque recordemos que cotidianamente se llevan a cabo peleas entre gallos, en algunos países entre perros y, obviamente, existe el “arte” de la tauromaquia, el cual afortunadamente comienza a prohibirse en diversas ciudades. Finalmente viene la perspectiva antropológica, o incluso ontológica, desde la cual llama la atención el morbo que puede llegarnos a producir los episodios “dramáticos”, siempre y cuando involucren a otros, y nuestra falta de compasión se acentúa si se trata de un animal, y aún más de un insecto. Y ligado a esta reflexión, viene el tópico de la búsqueda humana por imponerse, por dominar, a otras especies, y en sí a la naturaleza por completo. Y es aquí donde surge la pregunta, ¿cuál es la relación ontológica entre un linaje cultural, o una tradición, con nuestro concepto del bien y el mal? ¿Puede justificarse así una práctica como los Bug Fights? Tal vez.

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