La culpa

La culpa

La culpa es una espoleta laboral. Su máxima eficacia llega lograrse  cuando esa pieza se enrosca el vértice de alguna fuerte vocación, cualquiera que sea. Sin el efecto culpa la mitad de los escritores no habrían redactado muchas líneas  ni los pintores habrían realizado más de dos o tres cuadros. Gil de Biedma, cuando le preguntaban por qué escribía, contestaba: “Escribo para haber escrito”. Y de este modo se sentía en paz consigo, tal como si se hubiera quitado de encima el grave pecado de no escribir y se sintiera limpio, aligerado y en gracia de Dios. La culpa corroe si no tiene destino pero si lo encuentra actúa  como una tuneladora para ver la luz.

 

Ciertamente, el sentimiento de culpa no comporta ninguna emoción agradable pero lleva consigo la recompensa de que siguiendo sus tirones se llega más lejos cuando la vocación vocea.

 

Quienes no sienten culpa de algo o, simplemente, ante sí mismos son unos desdichados. Igualmente, quienes hallan con facilidad motivos de disculpa es raro que se empeñen en una tarea importante. Todo bien proviene del mal y no a la inversa. Todo éxito es una consecuente expansión tras una insoportable constricción. O atrición. La culpa.

Vicente Verdú

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