Hemingway y las pochas

Sus novelas eran reportajes sin la urgencia que supone una crónica periodística

 

Hay escritores cuya obra es magistral, sin que su vida tenga demasiado interés; y hay otros cuya vida supera todo lo imaginado en su obra. Un escritor que consigue similar fascinación en ambos terrenos es, sin la menor duda, Ernest Hemingway. Digo escritor porque, en efecto, publicó unas cuantas novelas, tampoco crean que muchas, y ganó en 1954 el Nobel de Literatura; pero Hemingway fue, sobre todo, periodista, y como tal se hizo, en 1953, con el Pulitzer. Y sus mejores novelas, ¿qué son sino reportajes, vivencias llevadas al papel con más extensión que la de una urgente crónica periodística?

«Adiós a las armas» surge de su experiencia en la I Guerra Mundial; «Fiesta», de su pasión por los sanfermines, adquirida en su primera visita, en 1923; «Por quién doblan las campanas» de su corresponsalía en la guerra de España; «El viejo y el mar», de lo vivido y aprendido en Cuba y de los cubanos; «Al otro lado del río y entre los árboles», de la decadencia tras la II Guerra Mundial; «Las nieves del Kilimanjaro» y «La vida breve y feliz de Francis Macomber», de sus viajes para cazar en África… Nada es porque sí, ni ficción pura, sino observación. Y eso es periodismo.

Desde su primer encuentro con los toros se enamoró de la tauromaquia; su libro «Muerte en la tarde» podría considerarse una guía breve de lo que es una corrida y su entorno para el público estadounidense, para el que el «Cossío» sería demasiado. Vivió intensamente, se entregó por completo a la vida, la apuró… y la dejó por su propia mano, con su escopeta, en 1961. Dejó una obra que se lee con gusto, porque se vive, y una vida que se envidia, porque es mejor que la ficción.

Asiduo a los sanfermines y amante de la buena mesa, seguro que saboreó muchas veces un clásico pamplonés de esas fechas: unas pochas (judías tiernas recién desvainadas). Quizá con almejas; quizá con codornices. Tal vez con chistorra. Nosotros las apreciamos al natural, sin más adorno que los clásicos vegetales (tomate, pimiento, puerro, cebolla, zanahoria, ajo…) y unas piparras (guindillas verdes en vinagre) al lado, para empujar. Sencillísimas: pero son parte del sabor de San Fermín, de Navarra y del verano.

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