Ese pequeño gran héroe llamado Graham Parker

Por: Fernando Navarro

Graham-parker-2007

A uno le gusta tener sus pequeños héroes. Aquellos intérpretes que parecen perdidos o muertos entre tanta estrella y nombre promocional. Aquellos cantantes de los que, al final, sólo hablan un puñado de personas y cuando escuchas su nombre te activas y creas un vínculo con ese otro tipo que pronunció su nombre y comparte tu misma admiración sincera. Aquellos músicos en los que, en definitiva, te reconoces como si estuvieses hablando de tu querido hermano mayor. Y uno de mis pequeños héroes responde al nombre de Graham Parker.

No es que sea un absoluto desconocido ni el perdedor que ha quedado en el olvido, eso que los anglosajones llaman un underdog. Más bien el londinense es un superviviente, pero con carácter de viejo zorro. Metido en el negocio desde finales de los setenta cuando en el Reino Unido se abrían rutas sonoras más frescas y urgentes a partir de la eclosión del punk, Parker es un bregador de raza del rock’n’roll, que desde sus orígenes tuvo una estupenda base musical anclada en el soul, el folk y el rhythm and blues. De alguna forma, este músico, al que siempre le han acompañado unas grandes gafas de sol, era como una fabulosa constatación de que el  Van Morrison más sentimentalpodía acabar emborrachándose y pasárselo pipa con los Rolling Stones. La inocencia del rock’n’roll de vieja escuela combinada con la devoción innata por el soul más emotivo.

Me resultan fascinantes esos primeros tiempos de Parker. Lo que muchos en las islas asociaron a la nueva ola del rock, que sucedía a ambos lados del Atlántico, también tenía sus conexiones en el caso de Parker con el pub-rock, que se bañaba con gracia en las tradiciones del blues y el soul. La pasión desbordante de sus canciones llevó a que hablaran de él como el nuevo Dylan de las islas, esa fastidiosa etiqueta que ha machacado a tantos.  A Parker no le hizo muy bien pero se la quitó sin contemplaciones con una obra que, a veces, rayaba el power-pop, que estaba más cerca de su compatriota Nick Lowe.

 

Ahora, nuestro protagonista sobrevive en un segundo plano, lejos de los años dorados de los setenta y los ochenta, con una perspectiva madura y, sí, más descreída. Pero ahí sigue: llegando al tuétano. Su producción en la última década así lo corrobora. Gracias al cobijo del sello Bloodshot, Parker ha ido sacando álbumes en los que demuestra su saber hacer y su nervio aún vivo en las composiciones. Your country, Songs of no consequence, Don’t tell Columbus y Imaginary Television son los últimos discos de un hombre que parece encontrar en el trabajo su mejor antídoto contra la vejez. Han quedado lejos sus años de gloria, sus mejores días, pero no quiere decir que esté acabado.

Un pequeño gran héroe. Siempre he pensado en este músico como una buena excusa para dejarnos asombrar por la música. Ataviado con su cazadora vaquera, sus gafas de sol, su guitarra y su armónica, Parker defiende con pundonor este oficio, mientras ofrece unas buenas dosis de rock’n’roll de bar, directo y emotivo.

 

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