El Hapening y el Zen

El Hapening y el Zen
El creador del hapening, el primero en realizar uno fue el músico John Cage.Según el budismo Zen, la angustia y el dolor nos desvían de la experiencia del Ser. El deseo y el ansia nos obligan a vivir en el anhelo de un futuro mejor, en detrimento de la experiencia viva del presnte. El resentimiento nos retrotrae a los dolores del pasado y desarrolla en nosotros el espíritu de venganza, sin dejar espacio al amor posible. El miedo nos hace evadir la dimensión del aquí y el ahora donde habita en realidad nuestro Ser, lo que “somos”. Sólo cuando percibimos la superficialidad y el carácter efímero de las emociones, cuando logramos distanciarnos de ellas, comienza a tener lugar una luz, la presencia absoluta del Ser.

El hapening es una manifestación transitoria, sin consistencia permanente, que sólo tiene lugar en un presente que se disuelve. Al sacarnos del orden de las preocupaciones cotidianas, nos permite fijar la atención en situaciones singulares, únicas, que sólo tienen lugar mientras suceden y que son irrepetibles.

Cage, discípulo de D. T. Suzuki, encontró en el hapening una forma a través de la cual artistas podían crear condiciones para que colectivos participaran en sucesos que rompían el orden cotidiano y que les permitía contactarse con aspectos de su ser que las diversas circunstancias sociales reprimen. En el hapening, el ego del artista era disuelto por una participación colectiva de lo que en otros momentos podría llamarse espectadores.

La obra más polémica de Cage, 1’33, donde un pianista permanece sentado frente a su instrumento sin tocar una nota durante poco más de minuto y medio, podría verse incluso como una especie muy particular de zazén japonés (meditación budista). No importa si nos desagrada la obra, si permanecemos en el espacio del auditorio durante su interpretación, siempre estaremos atentos a lo que en realidad ocurre en un recital si hacemos abstracción de la música en favor del ser de los sonidos. El silencio no es ausencia de sonido sino una exclusión voluntaria que hacemos de algunos sonidos en la búsqueda de consuelos para nuestras ansias y tristezas.

Evidentemente, 1’33 no nos va a producir el placer sonoro de una obra de, por ejemplo, J. S. Bach, lo mismo que el zazeń no tiene como sentido relajarnos y adormecernos. La serenidad a la que conduce el soltar los apegos que nos encadenan coincide con un despertar intenso de nuestra atención sobre la realidad del mundo y de la vida que sostenemos en ella.

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