La nieve no es blanca

 

La nieve no es blancaNevada caída en Hoyo del Manzanares en Madrid. / ULY MARTÍNskup

La primera imagen que nos viene a la cabeza cuando pensamos en la nieve evidentemente es su color blanco pero, en realidad, este no es su color. La nieve no es blanca, y por el mismo motivo que ahora explicaremos, tampoco las nubes lo son ni el pelo de los osos polares tampoco. Todo se reduce a un problema de efecto óptico y visual.

Cuando los copos de nieve caen, pequeñas burbujas de aire quedan atrapadas entre ellos. Estas burbujas de aire son las responsables de descomponer la luz cuando esta las atraviesa y claro, si superponemos todos los colores del arcoíris, el resultado será el blanco. Así que el color blanco que vemos proviene de la dispersión que produce el aire existente entre los pequeños cristales hexagonales que forman la nieve. Todo lo contrario sucede con el hielo. Este lo vemos transparente porque como es agua congelada, su interior no se ha rellenado de aire, de ahí que no puede difundir la luz.

Este mismo efecto es el responsable de que veamos las nubes blancas. Estas están formadas básicamente por microgotitas de agua en suspensión. Cuando la luz atraviesa cada una de estas gotitas, actúan como pequeños prismas que descomponen la luz. Y si mezclamos todos los colores que resultarán de esta descomposición, nos saldrá el color blanco. Por último, el oso polar. Aunque su piel es negra, sus pelos son transparentes y están vacíos ya que son pequeñas cámaras tubulares de aire que le protegen del frío extremo. Cuando la luz atraviesa el aire de cada pelo, produce el mismo efecto que en la nieve y las nubes, es decir, se descompone, dando como resultado el color blanco, permitiendo que se mimeticen mejor en el entorno donde se desenvuelven.

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