¿A quién le importa la vida humana?

Por: Jordi Armadans 

Foto gaza

El Parlamento de Gaza destruído por un bombardeo israelí en 2009 (REUTERS/Suhaib Salem)

Hace muchos años, el actual director de la Escuela de Cultura de Paz de la UAB y entonces investigador sobre conflictos, paz y desarme, Vicenç Fisas afirmó en una entrevista que ‘existe un gran menosprecio hacia la vida humana’.

Es una frase que siempre me ha acompañado. Desgraciadamente, porque uno encuentra muchos ejemplos en los que esta idea parece estar detrás de muchas barbaridades y crímenes contra la humanidad. Pero no solo detrás de quién los comete, sino de quién los tolera y, en la práctica, los acepta, aunque sea con resignación.

Llevamos ya tres semanas de la ofensiva israelí sobre Gaza: las cifras de muertos, heridos y desplazados y, en general, el nivel de destrucción es espeluznante. Todo ello, además, en un territorio que ya hace tiempo sufre asedio y asfixia.

Asistimos impávidos como un estado ejecuta una acción militar devastadora sobre la población civil, saltándose los criterios del derecho internacional humanitario y del mismo organismo que lo creó (las Naciones Unidas), y la mayoría de Estados lo aceptan diciendo que ‘Israel tiene derecho a defenderse’. Curioso argumento: según el mismo criterio, los palestinos también deberían tener derecho a defenderse del asedio y la ocupación. Pero, es que, precisamente, de lo que se trata es de salir de la espiral de violencia y de la dinámica militarista que solo consigue ir sumando más capas y capas de dolor y destrucción.

La resolución del conflicto palestino-israelí es altamente compleja. Es un conflicto que viene de lejos y que acumula muchos errores, maximalismos e integrismos de todos lados. Pero, sin duda, la actitud de muchos países de no cuestionar al gobierno israelí, no solo por la brutalidad y desproporción de sus actos militares sino por la ejecución sistemática de un plan para impedir un estado palestino, es uno de los graves inconvenientes para encontrar una salida justa y pacífica al conflicto. Con su tolerancia proyectan, además, una idea fatídica: depende de quién la ejecute, la violencia está permitida.

Pero no solo es Gaza. Hace pocos días ONU alertaba que las cifras del conflicto en Ucrania, que quizá a muchos les ha parecido una simple escaramuza, había alcanzado ya 1.129 muertes, 3.442 heridos y más de 100.000 desplazados.

Y, aunque quizá la hayamos olvidado, sigue la tragedia en Siria. Con la brutal represión del régimen a la revuelta popular ciudadana de 2011, se pasó a la militarización del conflicto, para degenerar en una dinámica de guerra civil aderezada, además, por la presencia e introducción de grupos de corte yihadista. Y, potencias y países de la región, en vez de intentar reconducir la situación, han alimentado e incendiado la violencia, respaldando y armando cada uno a su actor predilecto. Al final, un inmenso baño de sangre: un país con menos de 20.000.000 de habitantes, ya ha perdido más de 170.000 vidas y 9.000.000 han tenido que huir de sus casas buscando refugio.

Y Afganistán, Sudán del Sur, República Centroafricana, Libia, etc. un sinfín de lugares del planeta dónde la violencia campa a su aire, en medio del desinterés y la indiferencia, cuándo no los intereses mezquinos, las potencias que incendian en vez de pacificar y los organismos que dimiten de su responsabilidad.

A menudo, se observan gritos de denuncia demasiado parciales. Gritos que ponen el foco en una matanza, barbaridad o vulneración de los derechos humanos de un bando, pero pasan de largo de actividades similares cometidas por el otro bando. La solidaridad ‘solo con los tuyos’ (o con los que uno ha decidido que son lo suyos) y la insensibilidad con ‘los otros’ no es solidaridad: es más gasolina para el incendio.

Pero cuándo uno está a punto de lanzar la toalla, se da cuenta de que en los lugares más duros, asolados por la violencia o por un discurso oficial muy duro, existe gente que, pese a todo, apuesta por decir no a la barbarie, no a la injusticia, no a la violencia, jugándose su vida, su integridad y su futuro. Porque anteponen la dignidad humana a la comodidad, la pasividad o la complicidad.

Y también numerosos ciudadanos, colectivos y movimientos empujan por otros valores, prácticas y políticas. Y, pese a las contradicciones e intereses de medios, gobiernos y organismos internacionales, hay periodistas, políticos y diplomáticos sinceramente comprometidos con los derechos humanos, la justicia y la construcción de paz.

En fin, si con tanto menosprecio hacia la vida humana, hemos llegado hasta dónde hemos llegado, es razonable pensar que con un programa ético, social, económico y político de mayor aprecio a la vida humana, este mundo podría ser algo mucho mejor de lo que conocemos.

http://blogs.elpais.com/paz-en-construccion/

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