La Tiranía De Lo Bello

 La Tiranía De Lo Bello

Juan Miguel Zunzunegui

El fascista más famoso de la antigüedad definió hace unos 2,500 años lo que era bello y lo que no…, desde entonces la cultura occidental sigue considerando hermoso aquello que le dictaminó Platón.

En su famoso “mito de la caverna”, Platón, según dicen los que dicen que saben, explica la búsqueda de la verdad en el conocimiento. Para Platón existían ideas perfectas, inmutables, eternas, y éstas eran la realidad, de la que el mundo material era un reflejo imperfecto. Tres eran las ideas supremas según el ateniense: el bien, la verdad y la belleza, que por cierto iban de la mano, todo lo bueno es verdadero y bello, todo lo verdadero es bueno y bello y todo lo bello es verdadero y bueno.

En su mito de la caverna habla de cómo el filósofo, particularmente él, es quien conoce las ideas perfectas a través de la razón, y es por tanto quien debe mandar en la sociedad. La pluralidad no cabía en la mente de Platón, las ideas perfectas son incuestionables y no dependen de la opinión, simplemente deben imponerse. Incluso en su sociedad ideal descrita en la República, habla de expulsar a los poetas por su pensamiento libre, su tendencia a la disidencia social y por engañar a los sentidos a través del arte.

La belleza platónica se convirtió en la base de la estética occidental, hasta la fecha, para los clasicistas la belleza depende de los objetos (unidad, variedad, regularidad, orden, proporción), más que de la sensación que producen estos en quien los contempla. Es decir, el objeto es el que contiene la belleza y el sujeto simplemente la capta.

La belleza ha de proporcionar un estado de placer sereno, fruto del orden y la proporción, ese es el concepto clásico del arte. Desde entonces la idea de belleza se inculca culturalmente y hemos simplemente heredado ciertos cánones de generación en generación, a grado tal que los griegos siguen hablando a través de nosotros cuando decimos que un hombre o una mujer son apuestos.

Durante siglos el arte tenía que ser bello, y esta belleza estaba relacionada con la armonía matemática según la proporción aurea establecida por la cultura griega. Toda la estética estaba sometida a la tiranía de lo bello y esto fue así prácticamente hasta el siglo XVIII, cuando de hecho la corriente dominante era el neoclásico, es decir; la re-edición de los griegos clásicos.

En el siglo XVIII Immanuel Kant propuso una teoría estética que, quizás sin saberlo él, abría una puerta desconocida hasta entonces en el rumbo del arte, el rumbo de la libertad, un arte independiente de lo bello.

El pensamiento de Kant da lugar a que el arte salga de su postura clásica y única hasta entonces de representar la realidad, y además, siempre desde el punto de vista que relaciona necesariamente el arte con la estética y con la belleza y a todos estos con el bien y  con la verdad…, el concepto platónico de lo Bueno, bello y verdadero. Pero además Kant propuso una categoría que trascendía a lo bello, lo que él llamo: lo sublime.

Al analizar lo bello y lo sublime nos dice que todo lo bello causa placer, esa es de hecho la condición principal para considerar algo bello, algo cuya simple apreciación produce en nosotros un placer, un placer estético y además desinteresado. Lo bello está en el objeto, un objeto que estimamos y que a todos debe parecer hermoso, produce placer universalmente compartido.

Lo bello es mucho más sencillo de asimilar y comprender; es bello lo que nos causa un placer al ser apreciado y que es además universalmente compartido, señalando además que esta cualidad de belleza no guarda relación alguna con la veracidad y la bondad del objeto.

Lo sublime se escapa un poco más a la comprensión. Al igual que lo bello, descansa en el juicio del gusto, pero el carácter de lo sublime es lo informe, lo ilimitado, lo infinito, lo incomprensible, lo que va más allá de nuestra capacidad y entendimiento.

Lo bello tiene lógica y nos provoca un placer. Lo sublime carece de esta lógica al presentarnos algo que sin ser estético, ni comprensible, y pudiendo incluso ser grotesco, repulsivo y un sinfín de calificativos de acepción negativa, nos provoca un placer al ser apreciado. Hay en lo sublime una atracción y una repulsión que conviven juntas y alternan rápidamente obligándonos a despreciar el objeto que al mismo tiempo estamos apreciando.

Lo sublime es lo que nos emociona por su magnitud y energía superior a las facultades humanas; la naturaleza, el cosmos, la grandeza y profundidad de pensamiento. Lo bello gusta, lo sublime emociona, lo bello encanta, lo sublime subyuga. Sublime es la disposición del espíritu, no del objeto. No hay objetos sublimes, es el sujeto que lo ve el que es sublime.

A falta de ejemplos en el mundo del arte, aún entonces sometido por la estética de lo bello, Kant ejemplificó lo bello y lo sublime con la naturaleza. El aspecto de una cadena de montañas cuyos picos nevados se pierden entre las nubes negras, una tormenta terrible o la descripción que hace John Milton del reino infernal, nos producen un placer mezclado con terror. El espectáculo de los prados poblados de flores y los valles surcados por arroyos donde pacen los rebaños, nos producen también un sentimiento agradable, pero plenamente gozoso y amable… La noche es sublime, el día es bello.

A lo largo del siglo XIX el arte dejó de tener como objetivo la belleza y su objetivo fue simplemente mover cuerdas en el mundo de las emociones y las pasiones. La belleza serena ya es tan sólo una opción del arte, que también puede pretender deprimirnos, asustarnos, angustiarnos o generarnos cualquier sensación

Lo sublime es aquello que, a pesar de no ser bello, incluso tal vez siendo grotesco, nos atrae. En el mundo del arte podemos encontrar lo sublime en la música de Wagner, la poesía de Baudelaire, los cuentos de Allan Poe, la pintura expresionista o surrealista, los vampiros, lo oscuro, todo aquello que apela a nuestro lado oscuro y nos captura.

El arte contemporáneo es tan libre que resulta caótico, simplemente no hay regla alguna y todo se pierde en un laberinto de ismos sin sentido, es el precio a pagar por liberarse de la tiranía de lo bello. Tal vez se ha llegado al extremo del absurdo, y muchos artistas del siglo XXI deberían recordar que quizás la belleza sea relativa…, pero la fealdad cala hasta los huesos.

Fuente: http://www.lacavernadezunzu.com/mis-articulos

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