La nueva sociedad en guardia

Pues si. Lo de antes era un problema cultural. Todos quisimos pasar de ser Paco martinez Soria a ser el Brad Pitt de la escalera o del adosado. Todos ricos, todos altos, todos con una envidiable vida sexual. Todos, absolutamente todos, con coches de alta gama y los pechos turgentes, las reservas en locales de lujo y las camas king size. En un discurso en el que debían de existir desigualdades y clases, gordos y flacos, todos nos creímos que éramos más que eso, éramos atléticos. Hasta los del Atlético de Madrid  fueron felices y se vieron en la cúspide de la pirámide evolutiva.
 
Después se fue todo a la mierda y la culpa, como siempre que se trata de buscar culpables, fue de los demás. Los políticos corruptos, los banqueros aprovechados, las grandes compañías industriales, el FMI, las grietas de la democracia y un pobre conductor de trenes que se pasó de alta velocidad.
Y ahora vivimos un momento en el que se está esperando buscar el lugar por el que “el otro” nos vaya a engañar, se busca el sitio en el que nos estafen, nos hagan daño, nos perjudiquen. Si un tipo nos da un abrazo por la calle estamos atentos para ver si nos quiere robar la cartera. Si se hace una obra razonamos el lugar en donde se lleven una comisión ilegal. Si tiene el teléfono apagado lo primero que pensamos es que nos la está pegando con un soplagaitas. Es una plaga, una enfermedad. Es una situación de tensión agotadora que nos va arrastrando casi como un huracán, como un tornado, como una granizada de julio.
 
Hemos pasado a creer que podemos hacerlo todo mejor que los demás, que somos más listos o que estamos más preparados para que no nos arrastre el aguacero. Internet se ha mostrado como el oráculo donde descubrir que todo es posible de una forma más satisfactoria. Hay sexo más fácil, amor más puro, tutoriales para arreglar el coche sin tener que ir a un taller donde un tipo con 20 años de experiencia nos lo haga a las mil maravillas (pero cobrando por su trabajo). En internet hay respuestas para todo y hasta para las estupideces que nos podamos preguntar. Hay respuestas que dicen cómo debemos de comportarnos, cómo debemos satisfacer nuestras ansias de ser felices porque un tipo, en el medio Buenos Aires, dice que era nosotros mismos y ahora es un tipo feliz. Internet se ha convertido en un falso libro de autoayuda que lleva a una cúspide nunca antes vista el efecto Forer, que es eso que nos hace ver en todas y cada de una de las historias a nosotros mismos viviendo aquella falacia. Cuando me dicen que “lo pone en internet” siempre respondo que si pones en Google “china con tres tetas” salen hasta fotos.
 
Pero todo eso es el síntoma. Nos centramos en el síntoma en vez de intentar adivinar el motivo del mismo. Yo discutí intensamente sobre la manera de hacer el amor cuando lo cierto es que ya no quería estar a mi lado. Intenté hablar del motivo por el que no quería estar a mi lado y descubrí que se sentía poco valorada. Busqué la razón por la que se sentía poco valorada y vi que me había convertido, como la canción, en aquel del que se vengaba cuando estaba a mi lado. Lo mismo sucede cuando algunos se revuelven en medio de los bares hablando sobre las injusticias del mundo, criticando las injusticias y los robos, la concepción de un mundo poco solidario en el que la solidaridad tiene exclusivamente que ver con su culo. Volverse a sentir como un Quijote contra los molinos es tan sintomático como vivir con los ojos esperando que vuelvan a acuchillarnos por la espalda. Vivir con ese síntoma supone mirar las comisiones que salvajemente nos cobra el banco por tener nuestro dinero, supone llevar un listado con las fechas de caducidad de los productos en el supermercado porque presuponemos que nos quieren colar los pasados de fecha, supone preguntar a cada comensal si comió lo que pone en la factura del restaurante o si hay alguna aplicación que nos diga que la gasolina está más barata a doscientos metros. Vivir con ese síntoma nos excusa de intentar engañar a nuestro vecino porque ya nos engañan bastante por ahí, estafar porque nos estafan y traicionar porque nos traicionan o, casi como me dijeron antes de abandonarme, rendirse preventivamente al estilo Minority Reports, porque en algún momento yo volvería a equivocarme.
 
Así que ahora, en vez de vivir como vivíamos felices y despreocupados como un dibujo animado noruego, estamos preocupados en donde nos van a intentar acribillar, en cual será la claúsula que nos seccione los genitales para no tener la vida de felicidad que nos dijo el gran mentiroso de Coelho que nos merecíamos todos de una manera plena y satisfactoria.
 
Y estamos tan preocupados por ello que se nos olvida vivir de la misma forma que hace no mucho estábamos tan preocupados de exprimir el oasis que convertimos en desierto.
 
Pero estoy seguro que la mayoría está convencida que la culpa siempre fue de los demás, de la insolidaridad de los demás, de la maldad de los demás, del engrase con sangre de los justos del sistema.
 
Son síntomas diferentes de un mismo problema. Ahora vete tú a enfrentarte, guantes de boxeo en ristre, con tu nuestro problema.
 
También intento repetirme cada minuto, cada decepción o cada latigazo de irracionalidad de cada dia que la bondad sigue ahí, en algún lugar, esperando a que le hagamos caso.
 
Y que se vive mejor sin buscar mierda porque hace tiempo que aprendimos que si estamos convencidos de que la hay, encontraremos la manera de convencernos que está ahí. La capacidad mental de cambiar la realidad es enorme.

Ni fuimos tan grandes ni somos tan malos. Ni estaba en disposición de traicionarte. Algunos aprendimos o quisimos creer que fue así.

Los demás (y tú) siguen por la calle en guardia, con una mano atrás y un florete en la otra.

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