Las botas de Neil Young

Por: Marcos Ordóñez
Portada de EL SUEÑO DE UN HIPPIE (Waging Heavy Peace)

Hará un par de años, atrapado en el aeropuerto de Heathrow por una nevada, pillé Waging Heavy Peace, la autobiografía de Neil Young, que había salido en bolsillo, y entre otras muchas cosas me gustó leer un pasaje en el que cuenta que solían dolerle los pies, y su alegría cuando encontró unas buenas botas de piel. Yo acababa de comprarme unas y me sentía exactamente igual, pero lo que me gustó fue la sencillez con que lo explicaba: “Escribo sobre mis pies y mis botas por un motivo. Caminar es muy importante para mí. Cuando paseo no dejo de pensar. Siempre que camino repaso ideas, canciones, el orden de las canciones de los discos y todo tipo de detalles creativos. A lo mejor debería titular este libro Crónica de unas botas”. Me gustó que se atreviera, por así decirlo, a contar eso. Dudo que Jagger, por ejemplo, se lo hubiera permitido. Un artista que se permite hablar de sus botas es un artista que me interesa. Neil Young lleva la mirada hacia sus pies, hacia la tierra, y por eso puede, al alzarla, abrazar los grandes espacios, la vuelta del cielo, el río de la música que va from Hank to Hendrix (el equivalente, en Dylan, sería la majestuosa corriente de Blind Willie McTell); es el Neil Young que lamenta no haber estado más atento cuando Kurt Cobain empieza a mostrar los primeros síntomas de su descenso, y llega tarde, y cuando recibe el mazazo tiene que escribir, imperativamente, la elegía de Sleep with Angels: una persona, no una superestrella.
En el pasaje de las botas habla de “el orden de las canciones de los discos”, y poco más tarde dice algo también muy importante, una de sus muchas declaraciones de fe: “No grabo cedés ni canciones para iTunes. Hago álbumes. Llamadlos como queráis. Recuerdo lo mucho que detestaba la función de reproducción aleatoria de iTunes porque se cargaba de golpe y porrazo el orden de las canciones que había elegido con esmero. Escuchar las canciones aisladas o de manera aleatoria es una mierda, al menos para mí. Seré de la vieja escuela, pero grabo álbumes y quiero que el orden de las canciones propicie emociones”. De la vieja escuela, sí. Felizmente.

Devoré Waging Heavy Peace en cuatro horas, el tiempo que permanecimos en espera, mientras limpiaban la nieve de las pistas. Ahora he vuelto a releerlo en su versión española, El sueño de un hippie (no me enloquece ese título, aunque Young reivindica con orgullo su esencia hippie, y hace muy bien), en la editorial Malpaso, traducido por Abel Debritto. No figura el nombre del traductor en las primeras páginas, como debería: he tenido que buscarlo al final del libro.
Neil Young cuenta que comenzó a escribir esas memorias justo después de dejar de beber y fumar maría (de hecho, las escribió para llenar el tiempo y el vacío, porque sobrio le costaba horrores escribir canciones), y lo curioso es que parece todo lo contrario: el tipo de digresión continuada que suele producirse tras unos cuantos porros o unas cuantas copas (o su mezcla).
El sueño de un hippie (se me atascan los dedos cada vez que he de teclear eso) tiene un elevado tanto por cien de paja, y a ratos se pone bastante pesado con sus obsesiones, pero su forma de contar, desaliñada y excesiva, me acaba cayendo muy simpática, porque no es pretenciosa ni revela un ego hinchado, como es tan frecuente entre los de su gremio. Cuando comienza a dar la vara con Pono (antes PureTone) o LincVolt, que no digo que no sean grandes proyectos, o a hablarnos de todos los coches que ha tenido a lo largo de su vida, lo más sencillo es saltar al capítulo siguiente, aunque también es verdad que consigue contagiarte sus pasiones, pero cuando habla de música la clava siempre y siempre te emociona. Por otro lado, Neil Young es uno de esos artistas a los que le acabo disculpando todo, tanto discos mediocres como excesos narrativos.

 

Hablando de música, ahí van algunos extractos que me gustan:
“A mi edad, creo que el mayor reto es preservar la relevancia de mi cometido. En la próxima gira con los Crazy Horse tengo que interpretar canciones nuevas si no quiero sentirme como una vieja gloria atizando con lo de siempre. Necesitamos canciones nuevas, son nuestro vehículo hacia el futuro. Estaré eternamente agradecido si se nos presenta la oportunidad de hacer algo que valga la pena. No tenemos nada que demostrar, salvo que todavía nos preocupamos lo bastante como para no abandonarlo todo al azar. Cuando la música es tu vida, hay una llave que te lleva a la esencia.
Es la ventana que asoma al mundo cósmico donde vive y respira la musa.
Llegar ahí es la clave y Crazy Horse es el mejor modo de conseguirlo. Me siento afortunado por tener conmigo todavía a Crazy Horse, y toco madera”.

Hay tres confesiones en el libro (o tres “reconocimientos de deuda”, como diría un contable) que me parecen admirables.
Me gusta mucho, para empezar, cuando reconoce que le puso la proa a Danny Whitten:
“En Early Daze hay una versión alternativa de Cinnamon Girl en la que la voz de Danny cobraba mayor importancia. Cantó los agudos de fábula, pero los eliminé y los canté en su lugar. Fue un grave error. La cagué. Era mucho mejor que yo, pero no me di cuenta. Me sentía muy fuerte y tal vez contribuí a destruir algo sagrado al no advertirlo. Danny no se cabreó ni nada. Yo era joven y quizá no sabía lo que hacía. Hay cosas que uno desea no haber hecho nunca, pero es lo que hay”.
Es sabido que las muertes por sobredosis de Danny Whitten, el primer guitarrista y vocalista de los Crazy Horse, y de Bruce Berry, uno de sus mejores roadies, le machacaron vivo. De ahí salió Tonight’s the night, su mejor disco, para mi gusto, junto con Zuma (Elijo esos dos a las doce del mediodía, cuando escribo estas líneas. Por la tarde serían otros. On the Beach y Rust Never Sleeps, por ejemplo. Y en mi corazón está siempre el primero que escuché, el primero que compré: Harvest. Hasta que pude comprarlo iba por ahí escuchando una cinta a todas horas).
En el capítulo 21 habla de la grabación de Tonight’s the Night: “Bebíamos tequila José Cuervo sin parar y estábamos borrachísimos. Empezamos a grabar a medianoche, cuando estábamos tan pasados de vueltas que apenas podíamos caminar”. Alguien me contó que en la primera edición del disco los textos estaban en holandés. Le preguntaron a NY el porqué y dijo: “Bueno, en aquella época todo parecía estar en holandés”.

Segunda confesión, con la misma sinceridad, la misma naturalidad: la separación de CSNY: “Crosby siempre fue el catalizador que nos empujaba a entregarnos. Me bastaba mirarlo para darlo todo. Graham era el profesional por excelencia. Siempre tenía sus partes preparadas, nos animaba cuando improvisábamos, y compuso las canciones que nos dieron a conocer. Stephen era como mi hermano, emotivo y conflictivo, en constante lucha con demonios invisibles, aportando un toque inconfundible. Pero entonces llegaron la fama, las drogas, el dinero, las casas, los coches y las admiradoras, y luego los discos en solitario. Tenía demasiadas canciones e ideas en mi interior. El grupo no se separó sino que dejó de estar junto. No se regeneró: dejó de existir. Nadie componía canciones nuevas. Necesitábamos un motivo para reunirnos, un objetivo que impulsara nuestra música. Disfrutamos de nuestro momento de gloria y luego perdimos el norte”.

 

Y una disculpa muy sincera a los Lynyrd Skynyrd. A los que quedan, vaya, y a la memoria de los restantes:
“Mi canción Alabama se mereció la estocada mortal que Lynyrd Skynyrd me dio con su magnífica canción. Ahora ya no me gusta la letra de Alabama. Es altiva y acusatoria, no estaba bien meditada, y se presta a malinterpretaciones”.
¿Cuántas estrellas de rock han dicho cosas así?
(La magnífica canción es, obviamente, Sweet Home Alabama. Me gusta, pero he acabado prefiriendo Minha terra galega, la gran versión de Siniestro Total).

Durante los primeros meses de mi servicio militar me hizo muchísima compañía un libro llamado Las canciones de Neil Young, escrito por Alberto Manzano y publicado casi de modo underground. Se lo agradezco desde aquí. Contenía una larga introducción biográfica, muy viva, muy sentida, y luego la traducción de sus mejores canciones. Debí de leer aquel libro una veintena de veces, hasta desportillarlo. Si hubiera pillado entonces El sueño de un hippie también lo habría releído una y otra vez. Es posible que dentro de unos años me suceda.

 

http://blogs.elpais.com/bulevares-perifericos

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