El renacimiento de la torre maldita

Por: Marta Rodríguez

El nombre de Torre Ponte seguramente no le dirá nada pero es, para todo hijo de Johannesburgo, una referencia; poco menos que un objeto de deseo con cierta leyenda negra que, si cabe, la hace más irresistible. Tranquilicémonos: no hay nada oscuro en este edificio, icono de la capital económica de Sudáfrica, sólo que la brutal historia de este país la hizo maldita durante un tiempo. Y le cuesta quitarse esa etiqueta.

Vayamos por partes. La presentación física de la emblemática torre empieza por su altura, 173 metros, 54 plantas, de forma cilíndrica y hueca en su interior, coronada con un anuncio luminoso. Parece poco pero para los vecinos de toda la vida de Johannesburgo lleva casi 40 años configurando el perfil de su ciudad.

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Ponte, en el centro, preside la noche de Johannesburgo. A la derecha
la torre de telecomunicaciones de Hillbrow       Kutlwano Moagi

Es el edificio residencial más alto y puede presumir de tener una de las mejores e impactantes vistas de Johannesburgo. Sobre todo de noche. Cuando se inauguró en 1975 la intención era en convertirlo en un bloque de apartamentos de lujo pero la vida, a veces, no siempre sale como se planea.

Para más señas, Ponte está en el barrio de Hillbrow, otra víctima colateral de la injusticia del apartheid. Ya se sabe, la historia reciente de Sudáfrica se resume en apartheid o Mandela.

El régimen de Pretoria preservó Hillbrow como barrio de blancos a través de la leyes de segregación territorial que limitaban en qué zonas podían residir los no-blancos, aunque se permitió la entrada a negros. Entre la década de los 70 y 80 fue un polo de atracción de los europeos que venían a trabajar a Johannesburgo, y Hillbrow se convirtió en una zona mixta, culturalmente viva y socialmente libre del corsé del puritanismo. reinante.

Johan y Andre se trasladaron al liberal Hillbrow a principios de los 80, atraídos porque allí a nadie le importaba su orientación sexual y poco después alquilaron un piso en Ponte. “Aquello era brutal. Fue una buena época”, recuerda Johan. Hasta que el barrio se llenó de “mala gente y delincuentes” y la torre dejó de ser, de pronto, el paraíso terrenal para descender a los infiernos.

La pareja se fue al mismo tiempo que el apartheid languidecía y permitió libertad para escoger el barrio. Cambio la demografía. De blanco bienestante a negro pobre. Esa historia se repite en otros céntricos barrios, como Berea, Yeoville o Troyeville, ahora poblados de migrantes africanos llegados a Johannesburgo en un intento de ganarse mejor la vida y sin rastro de sus viejos vecinos blancos.

 

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Puertas de Ponte, una idea del artista británico Patrick Warehouse y del fotógrafo
sudafricano Mikhael Subotzy
, con la que ganaron un premio del Rencontres d’Arles, en 2011

A partir de los 90, Hillbrow y Ponte pasaron a ser un centro de delincuencia, de drogas, de lucha entre bandas. Nadie que pudiera costearse una vivienda lejos de ahí quería quedarse. Fin de una era. En 2010, la película sudafricana Jerusalema (2010) retrató el ambiente de bajos fondos del barrio y alimentó si cabe aún más la mala imagen que arrastra. Sin embargo, un paseo matutino por sus calles y sus mercados callejeros es aconsejable para cualquier viajero. El único consejo útil es el sentido común que se aplica para ir por el mundo: sin miedo, con precaución y mucha curiosidad.

Volviendo a Ponte, la torre terminó por cerrarse y durante una década sus únicos inquilinos fueron okupas, que acabaron por destrozar todo lo que allí había, vendiendo el mobiliario y elementos que quedaban o haciendo fogatas en el interior. Cuentan que aquello era un nido de tráfico de droga y de prostitucion. El futuro de Ponte era tan incierto que dicen que se barajó la idea de destruirla o convertirla en una enorme prisión vertical. Si hubo proyectos firmes, fracasaron.

En el 2001, una inmobiliaria compró la torre y a partir de ahí empieza un larguísimo proceso de limpieza y dignificación que aún dura. El ave Fénix renace de sus propias cenizas. Los trabajos sirvieron para recuperar la idea de los pisos lujosos pero a menor escala y sin tantas pretensiones como en el proyecto original. Así, en las plantas más altas se construyeron seis áticos con espacios diáfanos que enfatizan aún más las vistas al exterior. En el resto, los pisos son más pequeños. En total, el submundo de Ponte acoge a unos 3.000 vecinos.

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Puerta de torno para acceder a Ponte. Véase las puntas cortantes de la puerta superior. Hay fronteras
más permeables.     Marta Rodríguez

No es nada fácil gestionar una ciudad en altura. La actual propietaria de la torre está obsesionada en que se convierta en una ratonera peligrosa, esconda burdeles y vuelva a ser un foco de mala vida, por así decirlo. En el imaginario popular de Johannesburgo, para muchos, Ponte continúa siendo sinónimo de decadencia y delincuencia pero los que la habitan son básicamente clase trabajadora. Pero muchos de los que así la califican se pirran por entrar en uno de los seis ascensores que llevan hasta lo más alto para tener la ciudad a sus pies.

En la entrada hay seguridad permanente y unas puertas de torno. Los residentes pasan cada vez que entran un control con su huella dactilar y los visitantes, como si se tratara de una república independiente dentro de Johannesburgo, tienen la obligación de dejar al guarda su pasaporte. El protocolo incluye que el anfitrión los espere en la frontera-puerta. Si se pasa la noche en uno de los pisos, se paga una tasa de pernoctación, explican que para evitar que se ejerza la prostitución. No hay oportunidad de colarse ni por el aparcamiento porque también cuenta con 24 horas de  vigilancia que registra a todos los vehículos autorizados. En los párkings viven los vigilantes con sus familias en mini pisos y tienden su ropa entre los coches. Digno de ver.

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Ropa tendida de una familia trabajadora de la torre, en medio de los
coches de los residentes. Marta Rodríguez

El edificio es un reflejo social de lo que es Sudáfrica hoy en día. En las plantas más bajas residen ciudadanos negros, muchos con pasaporte de Zimbabue, en alguno de los 400 pisos pequeños, a menudo sobreocupados para los parámetros occidentales. Mientras que en las cuatro últimas, cual cúspide de la pirámide social, se ha instalado mayoritariamente una minoría de blancos, jóvenes y profesionales liberales que han superado el miedo de vivir en Hillbrow y Ponte. Hay que decir que un apartamento espacioso y de diseño tiene precios más asequibles que las casas de los suburbios del norte.

Precisamente, en esta segunda oportunidad de la torre tiene mucho que ver lel empeño de un par de jóvenes que viven en el ático, Nickolaus Bauer y Michal Luptak. En octubre de 2012 constituyeron Dlala Nje (Simplemente Juega, en zulú), una organización sín ánimo de lucro con sede en los bajos del edificio que se autodefine como “el imperio de juegos y cultura en Hillbrow y Ponte”.


La asociación es el centro neurálgico para los 800 niños que viven en Ponte, explica Bauer, porque aquí encuentran desde talleres de música hasta un lugar para hacer los deberes escolares, o un espacio en el que celebrar fiestas tradicionales. Los de Dlala Nje han creado una sala de estudios, otra de juegos y hasta han reabierto la piscina que hace mas llevadera la vida en un barrio carente de servicios públicos.

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En la Navidad de 2012, un Papa Noel atípico a los cánones occidentales hizo
las delicias de los niños vecinos de Ponte. Este año repiten. Dlala Nje 

Además, la asociación está decidida a romper prejuicios y mitos que persisten contra el edificio, Hillbrow y el viejo centro de Johannesburgo. Los sábados por la mañana organizan paseos por el barrio y una visita al interior de Ponte, que como Sudáfrica, tras una historia de dureza se empecina en renacer sin la etiqueta de torre maldita.

http://blogs.elpais.com/africa-no-es-un-pais/

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