“Sólo les hablo de mi Dios si me preguntan”

Por: Juan Arias

Genoveva
Ha fallecido en Brasil, entre la comunidad indígena de los Tapirapés en la Araguaia, la hermana Genoveva,cuya vida resulta hoy, en tiempos de la Iglesia del papa Francisco, todo un símbolo profético y revolucionario. Un símbolo vivido en el mayor de los silencios, en el corazón de la maltratada selva brasileña y de las comunidades indígenas abandonadas a su suerte porque no entran en los engranajes del capitalismo especulativo.

Ha hecho bien, el teólogo Leonardo Boff , en recordar en su blog el ejemplo de Genoveva que, llegada hace sesenta años, desde Francia, a la perdida aldea indígena de los Tapirapés, una comunidad en extinción, vivió entre aquellas gentes no para “convertirlas” sino para ayudarlas a no desaparecer, para devolverles su dignidad perdida. Vivió para ellos y con ellos. Trabajaba como ellos, junto a ellos. Compartìa su comida, vivía en una choza como la de sus hermanos indígenas, y dormía como ellos en una hamaca.

Sólo se diferenciaba cuando se arrodillaba para rezar en su choza. Los niños solían mirarla por las rendijas, ensimismada en su silencio.

Cuando conseguimos un día, en los años 90, llegar hasta allí un grupo de periodistas españoles en una misión social con la entonces presidenta de Manos Unidas, Ana De Felipe, y gracias a los buenos oficios del padre Pedro Casaldáliga, le preguntamos a la hermanita Genoveva cómo les hablaba de Dios a aquellos indígenas. “Yo no les hablo de mi Dios si ellos no me preguntan”, nos dijo como lo más normal del mundo.

Tapirapes
Su Dios era una cosa personal. Aquellos indígenas eran su eucaristia, su preocupación única, pues estaban llamados a desaparecer. Al llegar Genoveva, a sus 20 y pocos años a la aldea, oyó de boca del cacique Marcos“Los Tapirapés vamos a desaparecer. Los blancos van a acabar con nosotros. Tierra vale, caza vale, pez, vale. Sólo el indio no vale nada”.

Curiosamente iba a ser aquella joven blanca llegada desde Francia la que consiguiría que aquel puñado de cincuernta y tantos indígenas acabaran formando una comunidad hoy con  más de mil personas.
Ella fue la partera de los nuevos nacimientos y con ellos del crecimiento de su dignidad perdida.

Como ha escrito Boff, la hermana Genoveva y su pequeña comunidad, no convirtieron ni a uno de aquellos indígenas. Se hicieron tapirapés como ellos. Asumieron la defensa de su dignidad humana, se “encarnaron” con ellos, como Jesús se había encarnado entre los hombres.

He leido que los Tapirapés han querido enterrar a la hermanita Genoveva con sus ritos funerarios y en la misma choza en la aque vivía. Con sus cantos y preces rituales. Ella les amó como seres humanos e hijos del mismo Padre.

Al despedirla la amaron como a una de ellos, como a la madre que les ayudó a multiplicarse y que les enseñó una sóla cosa: que todos debemos amarnos, ayudarnos y respetarnos. No necesitó hablarles de Dios.

Hoy puede descansar dichosa.

Recuerdo de ella  sólo su cara ya madura que había encarnado los rasgos indígenas, su sonrisa franca y recatada al mismo tiempo, y sobretodo su silencio. Ella hablaba con su vida.

También aquel día los Tapirapés hablaron poco. Nos miraban mucho. Nunca sabremos lo que pensaron de nosotros.

Genoveva (2)
En Brasil eran días de elecciones. Lula era candidato. Ellos lo estimaban. El cacique quiso preguntar a una de las acompañantes de Manos Unidas, la profesora Veracómo se hacían las votaciones. Se lo explicó dibujándole una urna. El indígena escuchaba en silencio. Despues preguntó quienes contaban los votos.  Vera tentó explicárselo. No se convenció y, como hablando consigo mismo, dijo: “Lula pierde”. Y aquella vez perdió.

Los indígenas poseen una sabiduría para nosotros difícil  de interpretar. Antes de permitirnos ir a visistarles se pasaron los hombres del poblado una noche entera discutiendo el asunto.

Por fin llegamos hasta ellos. Nos recibieron con dignidad, sin ruidos. Quizás nunca supieron lo que nos llevó hasta allí.
Tenían todo el derecho de sospechar de nosotros los civilizados.
Ellos llevan en sus cromosomas el recuerdo de despojos y traiciones.

La herma Genoveva los rescató con su vida de total entrega a su causa. Y ellos le serán siempre gratos. Lo han demostrado con el cariño desplegado en su entierro.

Los indígenas brasileños eran seis millones cuando llegamos nosotros los europeos. Hoy son medio millón y siguen luchando para no ser extinguidos. Van a necesitar aún de muchas hermanas Genoveva que defienda sus derechos y luche por su dignidad.

Me queda hoy la curiosidad de saber si algún tapirapé, niño o adulto, le preguntó alguna vez a genoveva sobre su Dios, del que nos les hablaba espontáneamente. Y me queda la curiosidad, en dicho caso, de lo que ella le habría dicho que era Dios para ella.

Seguramente su Dios no se encuadraba en la imagen que describen ciertos catecismos católicos ni los áridos documentos vaticanos o las viejas teologías del miedo y del castigo.

¿Se parecerá más bien al del papa Francisco? Al rabino Skorka, el papa que no parece papa, le explicó que cuando se encuentra con alguna persona en su camino “no le pregunta en qué Dios cree”, o si cree. De él quiere saber sólo “si hace algo por los demás”.

Es lo que les interesaba a los Tapirapés de la hermana Genoveva, lo que hacía por ellos, lo que les quería y cómo les trataba. Muchos más que saber el nombre de su Dios.

Ella fue para ellos una diosa, un especie de divinidad de la selva que vivió con ellos y para ellos.

Genoveva (3)

Entierro de Genoveva con los ritos indígenas

http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

Deja un comentario