Para gravar la alegría

Para gravar la alegría

Hay gente que no tiene quien le haga compañía. A otros más no hay un alma que los quiera. La mayoría tampoco tiene quien la defienda. Y hay quienes se acompañan —en tanto ello se piensan queridos y cuidados— de gente complaciente y zalamera que con gusto haría cola por encajarles un cuchillo en la espalda. Se dice, en estos casos, que al fin el mundo es un lugar solitario, pero igual daría uno cualquier cosa por evitarse el fiasco de morir a solas. Como también se dice: sin perro que te ladre.

No voy a hablar en nombre de la Patria, ni de la Humanidad, el Futuro o el Pueblo. Causas cuyas mayúsculas rampantes exigen a megáfono pelado la expectación ovina del gentío. Me dispongo a tocar un tema tan recóndito como la soledad de cada cual y el íntimo consuelo de ciertas compañías especiales. Nada que sea posible desplegar en pancartas y consignas, e incluso así un asunto no menos importante que el derecho a la búsqueda de la alegría. Porque quiero creer que tal es un derecho, y no un lujo especial, ni un privilegio. Que a otros más exaltados se les llene la boca de piropear al Pueblo y a la Patria, yo me limitaré a unas pocas líneas en torno a mi derecho a vivir y morir confortado por ladridos amigos.

Al diablo con el Pueblo Redentor. Pertenezco a una especie naturalmente ingrata, y eso a nadie le consta mejor que a sus amigos más devotos, honrados y sufridos. Si los perros hablaran, seguramente se lo callarían, ya que la deslealtad y el revanchismo no figuran entre sus disyuntivas, pero es verdad que pocos afectos verdaderos son tal mal retribuidos como el suyo. Empezando por esa estúpida manía de creerlos idiotas.

Jamás he conocido a un perro tan imbécil como esos carceleros que los tienen día y noche amarrados, o metidos en jaulas, u olvidados a media azotea. Gente sin otro ánimo que el de comprar seguridad barata, y acaso pavonearse ante el vecino por la bravura de su prisionero. Tipos que tienen perro como otro tiene cámaras y puerta eléctrica. Y no obstante su preso los ve venir y mueve la cola, por más que se dé cuenta que a sus ojos de dueño utilitario las croquetas no son sino vil combustible. ¿Pues qué otra opción tiene el pobre infeliz para sobrevivir, sino aguantar el yugo vitalicio de quien lo aprecia tanto como a sus herramientas y se deshará de él tan pronto sirva menos de lo que estorbe?

No se encariña uno con un perro porque sea “buena gente”. Abundan los canallas a quienes solo el perro los aguanta, y además ya se sabe que la misantropía se alimenta asimismo de la comparación con especies más dignas de confianza. Nos hacemos amigos de los perros porque son más simpáticos, afables y decentes que la gran mayoría de nosotros, de modo que contamos de antemano con la seguridad de que jamás habrán de traicionarnos. Basta con invitarlos a comer para que nos defiendan y acompañen como a un señor feudal, ya seamos majestades, empleados de limpieza o pordioseros. Pues nadie en este mundo es lo bastante pobre para no merecer la camaradería de un chucho querendón. Y que me parta un rayo si esto es un lujo.

No sabría calcular las consecuencias de colgar un impuesto del 16 % a la comida para mascotas, pero ya puedo ver a más de un cuentachiles evaluando la posibilidad de lanzar a la calle a su mejor amigo para evitarse el gasto intempestivo. Tampoco puedo hacer acopio de pruebas en favor de esta causa, ya que las contundentes son patrimonio íntimo de mis chuchos y yo: no sabría revelarlas sin desvirtuarlas, me falta la elocuencia para explicar la clase de empatía visceral que hace a mis compañeros cuadrúpedos aún más importantes que, digamos, la energía eléctrica y el agua potable. Puedo sentirme enfermo y conformarme con una aspirina, pero basta con que uno de ellos se indisponga para salir volando hacia el veterinario. ¿Y qué más he de hacer, si no podría pagarme el lujo de perderlo?

No pretendo imponerme como ejemplo ni aspiro a ser objeto de privilegio alguno. Puedo entender que a las croquetas premium —son al fin las que compro para mis compañeros— se les grave el impuesto referido, por más que éstas no sean estrictamente un lujo sino apenas un mejor alimento, pero de ahí a cargar con las familias que ya se sacrifican por comprar las croquetas más baratas se interpone un abismo de insensibilidad, y de paso un asalto a la alegría. Mucho se habla del niño mexicano y su sacro derecho a la felicidad. ¿Qué tal si comenzamos por no quitarle al perro?

Xavier Velasco/http://www.milenio.com

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