Orgullo español

mi mesa cojea

Existe la posibilidad (no te ofendas) de que te joda ser español. Es normal, de un tiempo a esta parte le ocurre a cada vez más personas. Los síntomas son más o menos comunes: angustia ante la contemplación de la rojigualda, profunda vergüenza ante las primeras planas y absoluta desconfianza hacia cualquier entidad radicada en el país: partidos políticos, sindicatos, empresas, ONGs…

El asunto es peliagudo porque un español está condenado a haber nacido español de por vida, y nada de lo que haga podrá cambiar eso. No obstante, la creciente ola de desapego ante esta identidad nacional, me ha llevado a reflexionar largamente sobre el tema, y creo haber encontrado tres posibles soluciones. Soluciones, me refiero, a la tragedia (o tragicomedia, según el carácter de cada uno) que supone vivir, cotizar, comer y ahogarse en vida en este lamentable país.

Comprenderá el lector que ninguna de las tres soluciones que planteo es sencilla (porque, de serlo, ya casi nadie sería español), pero todas pretenden ser alternativas más o menos viables para aquellos que se sientan, con razón, al borde de la desesperación nacional.

Solución una. Emigra.

Por supuesto, esto no solucionará los problemas de España, pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de ti.

Emigrar es desagradable, eso me han dicho y he leído, y también puedo imaginármelo, aunque ciertamente no lo sé. No obstante, estaremos todos de acuerdo, llega un momento en que entre “desagradable” y España, la elección es obvia.

El problema es que, si decides apostar por esta opción, te verás obligado a emigrar como español (porque emigrar como francés, inglés o canadiense, por ejemplo, no tiene mérito alguno ante los ojos del mundo).

En este sentido, conviene recordar que, allende fronteras, un ingeniero español es, ante todo, español (y no tanto ingeniero). Este fenómeno es particularmente cierto en países con superior renta per cápita y mayor índice de suicidios (dos fenómenos que, por algún motivo, tienden a ir unidos).

Los habitantes locales de tu nación receptora esperarán que duermas mucho, que trabajes poco y que intentes fornicar con sus hijas. Procura decepcionarles y no hagas nada de eso la primera semana. Solo así tendrás alguna oportunidad de evitar que te violen y te tiren a un río (recuerda que, en pocos meses, la repatriación de cadáveres empezará a estar por encima de nuestras posibilidades).

Pasadas unas cuantas décadas, quizá consigas formar una familia en tu país de acogida y tengas un gran coche y una bonita casa con garaje, aunque también es muy probable que para todos tus vecinos sigas siendo El Español hasta el mismo día de tu muerte.

Solución dos. Lucha por la independencia de tu región.

Esto es relativamente sencillo si eres vasco o catalán, no tanto si eres, qué se yo, de Castilla y León (no digamos ya de Valencia).

La secesión siempre es un buen antídoto contra la vergüenza nacional, también muy socorrido, aunque no es menos cierto que comporta numerosos problemas. El primero y más evidente es que implica necesariamente volverse nacionalista, que no es malo en sí mismo pero tampoco bueno dado que puede provocar que tengas que cambiar determinadas rutinas como tu periódico favorito o tu idioma.

El segundo problema, mucho más turbador que el primero, es que nada garantiza que una región española independiente sea menos mezquina que España en su conjunto.

Existe la posibilidad de que, tras décadas de lucha por la secesión, una región X consiga por fin conformarse en un pequeño Estado con una clase política corrupta, unos sindicatos corruptos y una masa social que a duras penas entiende lo que lee.

En ese sentido, conviene tener en cuenta que España, más que un país, es un virus, un estado mental que, por algún extraño motivo, necesita dos horas para comer.

Solución tres. Intenta cambiar España para que deje de dar vergüenza.

Lamentablemente, esta solución es mucho más complicada que las dos anteriores, por lo que recomiendo centrarse en las otras.

Josè A. Pèrez

http://www.mimesacojea.com/

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