La música de los Beatles: trivial pero maravillosa

Por: Juan Carlos Blanco

Beat

EL PAÍS ha publicado más de 500 artículos de opinión en cuyo texto figura la palabra Beatles. Esta nada exhaustiva y muy hetorodoxa selección de artículos comienza con el que escribió Gabriel García Márquez en diciembre de 1980, conmocionado por la muerte de John Lennon. “La única nostalgia común que uno tiene con sus hijos son las canciones de los Beatles”, decía, y recordaba su “impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces. Los hombres se dejaron crecer el cabello y la barba, las mujeres aprendieron a desnudarse con maturalidad, cambió el modo de vestir y de amar, y se inició la liberación del sexo y de otras drogas para soñar. Fueron los años fragorosos de la guerra de Vietnam y la rebelión universitaria. Pero, sobre todo, fue el duro aprendizaje de una relación distinta entre los padres y los hijos, el principio de un nuevo diálogo entre ellos que había parecido imposible durante siglos.”

Con idéntica ocasión, expresaba el hispanista Ian Gibson sus emociones al recordar el concierto al que asistió en 1964 en Belfast de The Beatles. “Cuatro chicos que, más que talento, tenían genio, genio como músicos, como poetas, y que en la variedad de su arte tocaban todas las gamas de la emoción. (…)  Eranself-made-men, y en su irresistible ascensión parecían expresar las esperanzas de los oprimidos.”En un artículo sobre el punk escrito en 1985, Anthony Burgess reflexionaba sobre las posturas de desafío social en el Reino Unido. Consideraba que “no expresan un deseo auténticamente revolucionario. No intentan sustituir el orden existente por algo nuevo; simplemente desprecian el orden existente y ese desprecio es en realidad la expresión de un deseo profundo, no siempre consciente, de ser aceptados por aquél.” Su opinión la ejemplificaba con los Beatles. “Los Beatles comenzaron siendo cuatro rudas voces de Liverpool, exigiendo que se prestara la misma atención a su lejana ciudad que a Londres. Gradualmente se fueron suavizando, se hicieron no sólo respetables, sino cultos, fueron recibidos por su majestad y se les concedió la Orden del Imperio Británico (por su contribución a la exportación, no por su arte).”

Antonio Muñoz Molina escribió en 1994 El oro de los Beatles, un artículo que empezaba rememorando una anécdota que María Kodama contaba sobre un viaje en avión en el que Borges escuchó una cinta de los Beatles en un walkman“primero con la expresión de estupor con que un hombre del siglo XIX que viajara en la máquina del tiempo de Wells escucharía la música de finales del siglo XX, y luego con un aire de creciente interés, de deferencia, de gradual aprobación. Cuando la cinta llegó al final y saltó el mecanismo del walkman Borges se quedó quieto, sin quitarse los auriculares todavía, sonriendo con aquella mirada de ciego que ve luces amarillas y sombras, y María Kodama le preguntó qué le había parecido aquella música.

-Trivial, pero maravillosa -dijo Borges.”

Y Muñoz Molina finalizaba así su artículo: “Quién sabe qué secretos estremecimientos de maravilla y de gozosa trivialidad provocaron en Borges esas canciones, en qué lugares de su memoria ya casi póstuma de anciano y de ciego resonaron de pronto como si hubiera pasado su vida entera escuchándolas.”

Muñoz Molina también daba su opinión sobre el grupo y la entonces rumoreada vuelta del grupo a grabar y tocar: “Los Beatles son ahora lo más moderno y lo más sepia, el número uno de las listas de venta de música pop y un yacimiento formidable de tiempo fósil y nostalgia que no parece que vaya a agotarse nunca, y que prodiga a sus administradores ríos de oro tan feraces como los yacimientos de coníferas fósiles y los magnates del petróleo.”

Guillermo Cabrera Infante contaba en un artículo publicado en 1987 su experiencia personal con los Beatles. Comenzaba así: “Está mi aleccionadora relación con los creadores de la década, los Beatles. Conocer a los héroes de cerca, desde Homero, es siempre una decepción. En el caso de los Beatles la decepción fue por partida cuádruple. El peor fue John Lennon; el menos malo, Paul McCartney. Ringo ni si quiera sabía su instrumento. En una grabación en Abbey Road, después de un ensayo caótico, Ringo tuvo que ser sustituido aldrum, a veces por Paul y otras por un drummer profesional. Aparentemente, Ringo era incapaz de sostener un compás de tres por cuatro sin perderse.” Cabrera Infante tenía más recuerdos de los Beatles, pero ninguno era mejor.

Acabaremos este recorrido con Marcos Ordóñez, que se preguntaba “¿por qué tuvieron tal megaéxito los Beatles, más allá de las canciones extraordinarias? ¿Cómo explicar las histerias colectivas, la sacudida sísmica? Tal vez porque eran unos críos gloriosos en un mundo de gente con traje gris; porque jugaban como críos e invitaron a jugar, repartieron juego cuando más falta hacía.”

El legendario submarino amarillo de los Beatles surca la bahía de Sydney en 1999 / AP

http://blogs.elpais.com/fondo-de-armario

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