El secreto mejor guardado del pop nacional: la rumba

Por: Diego A. Manrique

 RUMBA pescailla_lola

Lo he escuchado en diversas latitudes, de la boca de melómanos insaciables, esos especímenes que buscan el ritmo universal por los cinco continentes. Vienen a decir: “¿cómo es que no exportáis la rumba flamenca? ¿No os dais cuenta de que es vuestroreggae?”. Y luego, peticiones de diccionarios o enciclopedias sobre el género.

Es difícil explicar que, en cuestiones de bibliografía musical, éste país tiende hacia el tercermundismo. Sólo se me ocurrían los libros de Marcos Ordóñez (Gato Pérez: tal como éramos, en su reedición) y Juan Puchades (el monumental Peret: biografía íntima de la rumba catalana) más, por aquello de ambientarse, la novela de Francisco Casavella (El triunfo). Luego llevada al cine por Mireia Ros, por cierto:

Así que ¡bendito sea Txarly Brown!. Gracias a él, tenemos ahora algo parecido a un catálogo discográfico de la rumba: se trata de Achilibook (Editorial Milenio). Se subtitula, atención, Biografía gráfica de la rumba en España 1961-1995, y ahí se revelan algunos de sus inconvenientes. El autor es un fundamentalista del vinilo y eso significa que ha prescindido de las infinitas casetes y, más grave, de los lanzamientos en CD de 1995 en adelante.

También es la obra de un (excelente) diseñador gráfico y eso quiere decir que Txarly se permite caprichos freak: va a página completa la portada del único EP de, glup, La Sansona del Siglo XX, una forzuda de ferias que grabó para Belter (¡naturalmente!). Por si no había quedado claro, en Achilibook priman las portadas. Portadas con su número de catálogo. En los primeros años, cuando el primitivo marketing exigía que aparecieran a primera vista las canciones incluidas, no hay mayor problema, aunque se hubiera agradecido que se reprodujeran también las contras, donde estaba la información relevante.

Lo malo es que, cuando mejoraron estéticamente las carátulas, sólo se mencionaba el tema principal y, a veces, en el caso de los elepés, ni eso. Así que, con Achilibook en mano, uno podría hacerse un listado del inmenso cancionero de Argentina Coral pero no localizar en qué disco de Las Grecas está su versión (casi dub, por cierto) de “Achilipú”, el brutal tema de Dolores Vargas La Terremoto.

Felizmente, Txarly Brown ha aderezado sus más de mil portadas con un extenso texto introductorio, un epílogo que revisa el impacto comercial de la rumba año por año y cápsulas biográficas de los principales grupos y solistas. Hay que asumir, eso sí, las obsesiones de Txarly, más o menos razonadas, que uno puede compartir o no: la estafa que fue la Transición, el desastre que para la rumba catalana supuso la marcha de algunas discográficas a Madrid, la odiosa movida madrileña, la anglofilia de la prensa musical, la catástrofe que nos ha traído la digitalización de las grabaciones.

Txarly Brown dispara como ametralladora cuando le preguntan por la rumba

Pero Txarly Brown no ha venido a hacer amigos: hablando desde la orgullosa superioridad moral del descubridor de rarezas y poseedor de secretos, se muestra agresivo, incluso hiriente. Su público preferido parecen ser los coleccionistas, incluso utiliza su jerga internacional (charts, discos de 7” o de 12”). Háganse un favor: no se lo tomen como algo personal. Después de todo, se le puede disculpar la altivez: Achilibookes una obra colosal, tomo de referencia para colocar al lado de los libros antes citados. Locos maravillosos como Brown (Carles Closa en su DNI) son los que construyen la memoria histórica de la música popular española, ante la indiferencia de las instancias gubernamentales.

Mientras lo repasaba, recordaba aquel paralelismo que sueles escuchar entre extranjeros enterados: que la rumba es el reggae español. Txarly es un buen conocedor de la fabulosa música jamaicana (el pasado año ayudó a compilar Skanish sound, un recopilatorio sobre la primera entrada del ska en España), pero en Achilibook solo es mencionada de pasada.

No, este caramelito está lleno de aire. Los de Kingston investigaban en el sonido, mientras los rumberos, hasta tiempo relativamente recientes, se desinteresaron por su materialización en disco: estaban en manos de productores y arregladores todoterreno, que muchas veces ni sabían el tesoro que estaba a su cargo. Los jamaicanos focalizaron sus energías con la retórica del rastafarianismo mientras que los rumberos eligieron otra secta, la Iglesia Bautista Filadelfia, que sí pudo enderezar vidas pero no ayudó precisamente a la música.

Finalmente, nunca hubo un Bob Marley de la rumba, una figura que conjugara gran repertorio con vocación internacionalista y carisma rebelde. En todo caso, fueron los franceses Gipsy Kings los que se llevaron el gato al agua (y eso que, por lo menos en el principio, verídico, ni sabían lo que cantaban). Con méritos legítimos: sonido robusto, impacto visual, comercialidad bien entendida. Convendría, por cierto, hacer algo -un librito, un recopilatorio, un reportaje, lo que sea- de la seductora rumba Made in France.

Los Gipsy Kings y “Djobi, djoba”: de cómo el “Obí, obá”, del Príncipe Gitano, viajó hasta NY

Y si alguien me menciona a mi querido Gato Pérez, digamos que sí, que elevó el nivel literario de las letras, que hizo consciente a los rumberos de su propio valor, que mitificó aquella música que decía inventada por “gitanitos y morenos”, que estableció puentes con la entonces brava salsa neoyorquina. Pero, a diferencia de sus modelos, ay, Gato no era un animal de escenario.

 

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