Cuando el hambre no se para en el Estrecho

Esta entrada ha sido escrita por José María Medina, director de PROSALUS. Hoy se celebra el Día Mundial de la Alimentación, y esta es una de las organizaciones que impulsan la campaña Derecho a la alimentación. La declaración completa se puede consultar en la web de la campaña.

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Niños refugiados congoleños reciben ayuda alimentaria en Nyakabande. Foto: ACNUR/F. Noy.

Desde hace más de 30 años, cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación (DMA). En España lo celebramos con la preocupación creciente por el incremento de la inseguridad alimentaria en nuestro entorno cercano: tres millones de personas que sobreviven con apenas 300 euros al mes, miles de niños en situación de subnutrición, otros muchos que padecen sobrepeso y obesidad, demanda creciente de ayuda alimentaria… Más del 17 % de toda la ayuda alimentaria europea viene a nuestro país, lo que nos convierte en el principal receptor de la UE.

Hace apenas cinco o seis años, cuando se produjo la gran crisis alimentaria que llevó en pocos meses a más de cien millones de personas al hambre, nos parecía algo lejano y ajeno a nosotros. Pero ahora la realidad del hambre pasa por encima de las fronteras del desarrollo y se nos presenta delante de nuestra propia puerta. Ahora nos damos cuenta que los fallos del sistema alimentario mundial no se paran en el Estrecho.

Este año la reflexión que la FAO plantea en el DMA está relacionada con la necesidad de sistemas agroalimentarios sostenibles y saludables para poder garantizar la seguridad alimentaria y la nutrición a todas las personas. Este organismo internacional se pregunta y nos pregunta: ¿cómo tiene que ser un sistema alimentario sostenible?

Tanto en los países desarrollados como en los emergentes se van consolidando sistemas alimentarios agroindustriales en los que la producción se dedica de forma creciente a grandes redes comerciales, con mayor número de intermediarios entre el productor y el consumidor, con un poder creciente de la distribución que se concentra en menos empresas cada vez mayores, que juegan un papel decisivo en el comercio mundial de alimentos y en el establecimiento de qué se produce y qué se consume, imponiendo condiciones a los actores del resto de fases del sistema, generando relaciones muy desiguales.

Estos sistemas generan unas externalidades negativas –como la producción de residuos, la contaminación, las emisiones de gases de efecto invernadero o la pérdida de biodiversidad- cuyos costes por regla general no se asumen y que, por tanto, no se tienen en cuenta a la hora de definir estrategias y tomar decisiones. No hay adecuados instrumentos –mecanismos políticos de ordenación y control- para la gobernanza mundial.

No se pueden considerar sostenibles unos sistemas alimentarios que en todo el mundo están permitiendo -o incluso provocando- que cerca de mil millones de seres humanos pasen hambre día tras día, que otros 900 millones padezcan sobrepeso y 500 millones obesidad. El hecho de que casi la mitad de la población mundial sufra alguna forma de malnutrición evidencia que los sistemas alimentarios no tienen como objetivo la mejora de la nutrición.

Ni el hambre es patrimonio exclusivo de los países en desarrollo ni el sobrepeso lo es de los países desarrollados. Los sistemas alimentarios globalizados han globalizado los problemas de malnutrición. Estamos ante unos sistemas alimentarios que no son sostenibles ni desde un punto de vista medioambiental ni desde un punto de vista social ni desde un punto de vista nutricional y de salud.

Deberíamos empezar a entender que los problemas alimentarios de los países pobres están muy relacionados también con nosotros, con nuestra realidad y que, por tanto, lo más inteligente sería trabajar juntos, apoyarlos para apoyarnos, buscar soluciones que sirvan a todos.

http://blogs.elpais.com/3500-millones

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