La poesía y la cruda

La poesía y la cruda

Sadeq Hedayat es un escritor iraní que se suicidó en 1951 en París. Además de obra mayor propia, fue traductor y prologuista de Omar Jayyam, cuyos Cuartetos, escritos por el año 1100, pero jamás publicados en vida del autor, son ampliamente conocidos como Rubaiyat.

Tres cuartetos llaman la atención de Hedayat, pues demuestran, en su opinión, que desde joven y hasta el final de sus días, Jayyam fue materialista, pesimista y escéptico. Para definir su punto, escoge uno para cada etapa, juventud, madurez y vejez, y en el primero y último aparece un denominador común: el vino.

El primero: “Ahora que me toca vivir la juventud/ beberé vino porque me complace beberlo/ no me lo echéis en cara; aunque es amargo, es bueno;/ tiene que ser amargo, porque amarga es la vida”.

Y el tercero: “Arrío la bandera de cualquier falsedad/ con el pelo canoso me dirijo a por vino;/ la copa de mi vida ya llegó a los setenta,/ si no disfruto ahora, ¿cuándo disfrutaré?”.

Un estudio reciente, científico, no literario, puede dar luz sobre cómo debió el poeta haber gozado más su afición al trago en esa última etapa de su vida, pese al pesimismo que tiñe cada verso.Time tituló su nota “La mejor cura para la cruda”, y agrega: “envejecer”.

El Instituto Nacional de Salud Pública de Dinamarca ha publicado un estudio que refuta la creencia general de que la resaca se complica al paso de los años. Los participantes fueron consumidores de por lo menos cinco tragos en cada sentada y con el dato de cada cuándo experimentan vómito, dolor de cabeza y alteración del ritmo cardiaco tras sus veladas.

Hubo control de variables como si fuman o comen durante la bebida y, por supuesto, la edad de cada uno, para evaluar su “mañana siguiente”. Así, 21 por ciento de mujeres entre 19 y 29 años reportó náuseas siempre o casi siempre después de beber alcohol, frente a 3 por ciento de mayores de 60 años. Claro que las variables juegan: no es lo mismo un brindis en un jardín, sentados, conversando, como se supone lo haría una sexagenaria, que el vértigo de una chica de 22 bailando, experimentando con shots y vaya usted a saber qué más.

La bióloga Jane Trostup, jefa del proyecto, explica que sin embargo es posible que otros factores entren en juego. La gente mayor, por ejemplo, tiene “experiencia” en la materia, por lo que sus cuerpos pueden ser fisiológicamente más tolerantes a los efectos del alcohol. Además, ese grupo de la población acude a métodos para evitar la cruda, como intercalar vasos de agua con los tragos, y otros simplemente se someten a una infalible alerta: en cuanto se sienten mal, paran de beber.

¿Puede una persona, empero, estar completamente ebria sin haber bebido? Otro estudio, publicado en Texas, da una respuesta afirmativa en un caso, como reseñó Le Monde, digno del Dr. House. Un hombre de 61 años llegó a urgencias con todos los síntomas de una borrachera, aunque él juraba que acababa de salir de misa de domingo por la mañana. La prueba marcó 0.37 por ciento de alcohol en la sangre, que lo enviaría sin debate al equivalente a El Torito en caso de ser conductor.

Alertados por el hecho de que no había bebido, fue puesto en observación 24 horas, y para sorpresa de los doctores, el hombre seguía ebrio. El diagnóstico fue que padece de un síndrome causado por una infección que transforma toda ingesta de pan, soda y pastas en etanol, muy raro, pero no nuevo, pues se conoce de casos desde 1998.

Jayyam, pues, que a juzgar por sus versos, cultivaba la afición a la bebida, pero llegó entero, quizá sin crudas, a los setenta años, también a partir de su escasa, pero inmortal obra. Si el vino era solo una figura, entonces quizá el poeta ya ejercía esa sugerencia que Charles Baudelaire diera a conocer siglos después: “Embriágate/ de vino, de poesía, de virtud/ pero embriágate”.

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Alfredo C. Villeda/http://www.milenio.com

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