Conversando conmigo mismo una noche cualquiera

Portada-Carta-Abierta-de-Woody-Allen-a-Platón

En una perniciosa tarde otoñal, prisionera del más terrible de todos los años pasados, mi abuela me regaló un libro de elegante violencia conceptual. Éste, ‘Carta abierta de Woody Allen a Platón’, me invitó a pensar que la filosofía ya no interesa a nadie; ‘sobre todo cuando no coincide con la propia’, reflexiono ahora mientras observo, como si nada pasase, las caricias que le dedicamos a esas embestidas que nos propicia.

–Buenas noches.

–Thou shalt not kill.

–¿Por qué hablas en inglés antiguo?

–Porque soy Edgar Allan Poe.

–No, no lo eres.

–No, no lo soy.

–Además, Poe nunca recitó alguno de los diez mandamientos.

–Es que era la única frase que sabía decir en inglés antiguo.

Desde entonces –con total probabilidad desde mucho antes– tengo acaloradas disputas verbales conmigo mismo, cada noche, en la soledad de mi habitación. Mi carácter silencioso, creo, potencia esta especial habilidad de batirme en duelo en mi absurdo magín, así como otras muchas circunstancias que hoy callaré pero quizá algún día comparta.

Este falso diálogo –de ardil verdad–, que rescato de un olvidado diecisiete de noviembre de dos mil once, ilustra enajenadamente lo que aquel inofensivo regalo me transmitió cuando lo leí: la filosofía no es todo, pero todo es filosofía.

¿Hablar una lengua es ‘natural’, como comer o copular, o es ‘producto de una convención’?

–Prefiero a la Reina antes que al Rey; los griegos nos han dejado un extenso legado de pensadores vestidos con sábanas blancas; ¡y atletas de sofisticadas maneras!

–‘Gays’ es lo que quieres decir, que es exactamente lo que pronuncia el rey [en singular] cada vez que se refiere a sí mismo. Pero, yo me pregunto, ¿a santo de qué mientas a la Reina?

–¿La cuestión que lanzaste al aire antes, ésa de la ‘convención’, no la discutía Sofía?

–Desmedido ignorante… ¡Sofistas! ¡La discutían los sofistas!

–¡Eso! A Tarantino le habría encantado el siglo V a.C.: producto natural, regalo divino, convención humana…

–Subproducto colectivo y a otra cosa como amputar miembros o comer hamburguesas.

Esta es la ciencia que trata de destapar Juan Antonio Rivera en su ensayo. ¡O qué se yo! El disfraz de Platón con el que se engalana la obra no engaña a mis sentidos, él quiere hablar de cine y sabe cómo disimularlo con estilo, ¿o quizá sea lo contrario? Lo mismo da, la conclusión es semejante: la vida que algunos viven otros la piensan. Y éste es, por capricho, el trasfondo filosófico que tiñe su cinematográfico escrito.

–Desde luego, y aunque es Alfonso X el Sabio quien entroniza el castellano como lengua oficial del reino, es la suya una ortografía inestable y mudadiza.

–No faltas a la verdad al decir que nuestra querida ortografía ha sido víctima de numerosas guerras. Y aún lo sigue siendo.

–Yo bato la mía propia. Y la pierdo.

Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, detractores de la ‘h’ y la ‘u’ muda, murieron en el campo de batalla en el siglo XIX.

Gabriel García Márquez es otro bandolero que intenta ‘racionalizarla’. Amigo íntimo de Fidel… Menuda paradoja.

La única contrariedad, deduzco, es que la vida está escrita en un idioma que no conocemos. Y así es como encontramos los motivos para matarnos unos a otros; o lo que es incluso peor, para matarnos a nosotros mismos. ¡Desdichada ignorancia!

El lenguaje, por tanto, nos une tanto como nos separa; nos consuela tanto como nos maltrata. Por eso debemos cuidarlo.

Tal vez sea ésta la razón por la que, el señor Allan Stewart Königsberg, ocupa un lugar en el título: por tener la brillantez de pensar en guerra y vivir en paz.

Seguramente no.

–¿Conoces la pequeña fábula de Ortega y Gasset al respecto?

–Obvio, estoy hablando conmigo mismo.

–Es cierto, pero aun así la contaré: ‘Es el caso del gitano que va a confesarse y, al sacerdote, al preguntarle los mandamientos de la ley de Dios, el gitano le responde: Mire usted, padre; yo los iba a aprender, pero he oído por ahí un runrún de que los van a quitar…’

Aventajada ley del mínimo esfuerzo.

–Sin duda. Gran hombre Ortega y Gasset; perspectivismo y razón vital que bien me valieron un siete y pico en selectividad. Con sombrero.

Selectividad con gol de Torres, curiosa coincidencia retando a las leyes universales de la metafísica.

–Y Xabi Alonso, y en dos ocasiones Villa. 

Son muchos los irreverentes temas que trata Juan Antonio Rivera –y he de reconocer que posee verdadero talento para exprimir la lógica escondida en cada eventualidad– con el orden social como telón de fondo.

Posiblemente mis conclusiones, al término, no se parezcan a las de otros; sería casualidad que alguien descubriese la energía que emana el libro con los mismos matices que yo lo he hecho; incluso habrá a quien el cine le parezca la peor de las pérdidas de tiempo y, la filosofía, la más vulgar forma de arrebatarle el significado a las palabras. No obstante, y aunque jamás juzgaré a quien defienda que la vida debe, únicamente, ser vivida, me atreveré a decir que –en ocasiones– también hay que leerla.

Un poco.

Al menos.

Por favor.

–Hablando de deporte, ¿qué pasaría si Napoleón jugase al ajedrez con Alejandro I de Rusia?

40.000 franceses y 40.000 rusos morirían.

–Bendito deporte el ajedrez.

‘La providencia obligó a todos aquellos hombres, afanados en sus fines personales, a contribuir a la consecución de un único y formidable resultado, del que ni uno solo de ellos tenía la menor idea.’ Eso es la guerra.

La guerra es arte.

–Pero se ha perdido la esencia. Las espadas hacían de ella una afición noble.

–Cierto es. Y en esto va el ejército nazi y le pide al americano que se rinda. Anthony McAuliffe contesta: ‘¡Un cuerno!’. Y los nazis mueren.

Pura dialéctica.

–La buida estocada de las palabras.

[Espero que el autor sepa perdonar la idiocia de un lector, éste, que no aspira a más que a leer otro buen libro con un exquisito batido de frutas en la mano]

http://iwrite.es/resenamos/conversando-conmigo-mismo-una-noche-cualquiera-i/

Deja un comentario