Venezuela, hermana

Por: Juan Arias |

Nada más cruel y triste que un país dividido en dos. Ninguna guerra es tan absurda como una guerra entre hermanos. Lo viví en mi infancia en España.

Aquel desgarrón de las dos Españas enfrentadas, enemigas, a veces dentro de la misma familia me persiguió toda la vida.

Me duele aún hoy cuando en algunos momentos España resucita de nuevo dividida salomónicamente.

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Digo esto pensando hoy en Venezuela, nuestro país hermano de lengua e historia
. Me hiela el alma ver a ese pueblo rico de cultura, multiétnico como el Brasil en el que vivo, lleno de humanidad, dulce en su corazón, al que la política endurece hasta convertirlo en violento.

Los adagios suelen ser siempre conservadores, como el de “mejor solo que acompañado”. Lo es el de “cada país tiene los políticos que se merece”. No es cierto. Hay pueblos que se merecerían mucho más.

¿Entonces por qué los eligen? Porque muchas veces no tienen alternativas. Porque la política, aún la de raíces democráticas, nunca lo es de verdad. Sus mecanismos impiden tantas veces llegar al poder a los mejores, a los más representativos de la idiosincrasia del pueblo.

Juegan a veces la ignorancia, la falta de cultura, de información, y la masiva propaganda oficial que vende gato por liebre.

Y lo que pocas veces pensamos es que los políticos muchas veces se revelan, al llegar al poder, del todo diferente de cómo los imaginábamos, de cómo se nos presentaban para engatusarnos.

Ocurre hasta en los países más desarrollados en educación. Suele decirse, y ese refrán si suele ser real, que en política “o te corrompes o te corrompen”.

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Y el pueblo, la gente de a pie, a la que deberían servir los políticos al llegar a los gobiernos y con la que se llenan la boca durante las elecciones con sus promesas que nunca cumplirán, se queda siempre en segundo plano. Lo que cuenta, al llegar arriba, es mantenerse en el candelero, no perder los privilegios, hacer alianzas no con el pueblo que le llevó hasta allí con su voto, sino con los que aseguren la permanencia en el puesto.

Eso suele ocurrir en general y ocurre ahora con el pueblo venezolano que ha empezado a exigir una vida más normal, con menos violencia, con mayor libertad, sin necesidades básicas, y sin que tenga que recibir como regalo y limosna lo que le pertenecería por derecho.

Su actual Presidente Nicolás Maduro, ha recorrido Uruguay, Argentina y Brasil pidiendo alimentos y energía para los venezolanos. Es una afrenta si se piensa que es un país rico, pequeño, que podría ser una Suiza americana, no sólo con pan y luz para todos, sino con las comodidades de los países que saben aprovechar y no malversar sus recursos naturales.

Nada se conquista sin esfuerzo. Los venezolanos a los que el destino y los abusos de los poderosos habían relegado al olvido y a la pobreza, cuando no a la miseria, recibieron de las manos de Hugo Chávez un plus de orgullo nacional y la esperanza de un mundo mejor y más justo para ellos.

Después, como ocurre tantas veces en la política, la gente fue usada como moneda de cambio para saltos hacia adelante que suelen acabar en saltos en el vacío.

Hoy, ya la mitad de los venezolanos se están despertando y quieren “más y mejor”. Es un deseo justo que nada ni nadie tiene el derecho de frustrar.

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Ojalá esos dos pedazos de la Venezuela rica en petroleo, en bellezas naturales y en humanidad,
 en simpatía natural y en diversidad étnica, puedan abrazarse pronto para volver a ser la Venezuela que todos hemos conocido y amado.

Como este es un blog personal, quiero contar aquí por qué me quedó grabado, desde niño, un cariño y una gratitud especial por una señora venezolana que un día conoció a mi hermana, madre de cinco hijos, que en la posguerra franquista, pasaba apuros económicos y se compadeció de ella.

La recuerdo una señora mayor, dulce, sensible, que amaba a su país, del que hablaba siempre bien.

Desde que se encontró por puro caso con mi hermana, cada mes le escribía desde Venezuela y sin darse importancia, sin hablar de ello, le añadía a la carta un cheque en dólares, que era como el maná para ella. La señora no era rica. Nunca preguntó nada, ni comentó nada, hasta que un día desapareció y no supimos más de ella. Había sufrido años atrás un cáncer de riñón.

Yo era joven y recuerdo aún con un cierto temblor cuando, a veces, estando en casa de mi hermana llegaba la carta esperada con aquellos coloridos sellos venezolanos, que llevaban hasta Granada a mi hermana la esperanza de poder acabar el mes sin hambre para ella y sus pequeños.

¡Venezuela, hermana!

Jóvenes músicos venezolanosLos jóvenes son la esperanza de la nueva Venezuela

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