¿Qué olemos y qué tocamos?

Por: Juan Arias

Sentidos (olfato)
He leído que el feto siente ya los olores en el vientre de la madre
 y que desde muy pequeño es capaz de descubrir por el olfato a la madre en medio de la máxima oscuridad.

Los neurocientíficos nos explican que el olfato es fundamental para fijar la memoria. Y todos recordamos con viveza los olores de nuestra infancia: de la casa, de las comidas, de los vestidos.

Yo recuerdo muy vivos el olor del montón de patatas de la bodega cuando empezaban a germinar.

Hacía más de 40 años que no comía la fritá que me hacía mi tía Fabiana en Baza (Granada). Cuando hace unos meses vino aquí a Brasil mi sobrina María José salió a relucir el tema de la fritá y de repente el olor del tomate y los pimientos fritos me llegó como una oleada de perfume de lo profundo de la memoria, como si estuviera saboreándolos en Baza aquella misma mañana.

Los humanos hemos ido perdiendo la fuerza de los sentidos, de todos, del olfato y del tacto, de la vista y del oído. En eso, los llamados animales nos dan aún mil vueltas. Gatos y perros poseen un alfato, por ejemplo, millones de veces más agudo que el nuestro.

Sobretodo los urbanos, vamos perdiendo los sentidos poco a poco.

Estamos perdiendo la vista y su agudeza para descubrir los matices de las cosas.Una indígena me explicó que mientras nosotros conseguimos, en un bosque, distinguir al máximo media docena de tonalidades de verde, ellos consiguen ver hasta 300 diferentes.

Perdemos el oído poco a poco golpeado diariamente por los ruidos altos en decibeles. He leído un estudio en que alerta sobre la grave pérdida auditiva de los jóvenes como consecuencia de las música alta de las discotecas o de la escuchada por ellos en solitario en los auriculares.

Sentidos (oido)
Estamos perdiendo el tacto, sobretodo los europeos, porque nos enseñaron en los viejos catecismos que acariciar, besar, abrazar, tocar era pecado. Aquí en Brasil, donde vivo, ese miedo al tacto aún no existe y las personas se abrazan y besan con la máxima naturalidad.

Hoy está en auge la gastronomía y con ese motivo se vuelve a valorizar el sentido del olfato que estábamos perdiendo. Pero esa gastronomía moderna, sofisticada, nuclear, hecha más para la vista que para el olfato se queda muy lejos de los olores que desprendían los viejos pucheros preparados en las cocinas de leña.

O aquel cabrito que me hicieron probar una vez unos campesinos en Turquía, asado al calor de las brasas de un fuego hecho en el fondo de un hoyo en la tierra. El cabrito era colgado sobre las brasas y el agujero era tapado con barro. Después de unas horas volvían a abrir el hoyo y el cabrito salía dorado y desparramando un perfume penetrante. Aquella carne ( que me perdonen los vegetarianos) se podía comer ya con el olfato.

Si el sentido del olfato es ya importante para el feto y para sus futuras relaciones con la madre, ¿por qué lo estamos perdiendo de adultos?

Quizás porque nos hemos vuelto doblemente asépticos, en el cuerpo y en el alma.El calor y el olor del prójimo nos interesan cada día menos. Preferimos el no olor de la soledad. Un presidente de la república de Brasil llegó a escandalizar al afirmar que “prefería el olor del estiércol de los caballos al olor de los pobres”.

Las multinacionales de los perfumes nos han convencido que es mejor no oler a humanos. Mejor la química que nos ofrece y con la que se enriquecen.

Con la pérdida del olfato natural de la piel y de las cosas hemos castigado duramente a la sexualidad y a la sensualidad que se nutren también de los olores de la naturaleza.

Sentidos (olores)
Los niños nos dan ejemplo en este campo. Ellos han conservado la esencia y la fuerza de los olores naturales. Lo tocan todo; se embadurnan con todo; se divierten y gozan revolcándose en la naturaleza de las cosas. Huelen a vida, a tierra.  Nosotros olemos cada vez más a cosas artificiales, muertas.

Distinguimos mejor a la persona amada o al simple amigo por la marca de su colonia que por olor de su piel. Los niños descubren en la oscuridad a la madre no por el perfume de un frasco, sino por el olor que desprende no sólo su piel sino también su corazón, el amor de ella hacia el pequeño, por las vibraciones de su cuerpo real.

Hay un olor que se hace cada día más fuerte y presente en el mundo: el olor de la gasolina en las ciudades y en las carreteras; la de la pólvora de las armas; el de la corrupción política y económica; el olor de la impunidad de los poderosos; el olor de la indiferencia hacia el prójimo, que lo preferiríamos cada vez menos próximo, más lejano.

Sentidos (tacto 3)
Y lo peor de todo es que no sólo somos ya incapaces de captar y disfrutar el olor natural de las personas y de las cosas como el feto en el vientre de la madre, sino que ya no sabemos reconocer a los otros.

Al abstraernos de las preocupaciones por los demás, perdemos hasta nuestra identidad.
Nos cuesta cada vez más reconocernos.
?A qué olemos?
¿ Quizás a plástico, a gasolina?
¿O a nada?

Felices los niños que aún saben disfrutar, sin complejos, del olfato y del tacto.Y felices las madres que también gozan con ese olor inconfundible del bebé. Y con el tacto de los estrujones que les dan.

Felices sobretodo los animales no humanos, que ellos saben aún divertirse con los cuatro sentidos. Saben olerse y tocarse. Muchos, como los gatos, hasta ven en la oscuridad. Saben gozar de la vida sin necesitar plastificarla.

?A qué huele el plástico?

Sentidos (tacto)

http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

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