Obama y el candor mexicano

Obama y el candor mexicano

Conmovido, la visita de Barack Obama a México me dejó muy conmovido, pero no porque esté convencido de que a partir de ella nuestra vida cambiará.

Estoy conmovido por la reacción de la mayoría de nuestros medios más tradicionales, por los comentarios de algunos de nuestros máximos analistas políticos y por las reacciones en las redes sociales.

Somos más provincianos de lo que creemos, nos encanta que nos den por nuestro lado y, lo más impresionante, somos altamente vulnerables a que nos conquisten por el ángulo de las emociones, de los sentimientos.

El éxito de lo que millones de personas presenciamos en diferentes pantallas entre el jueves 2 y el viernes 3 de mayo, explica por qué tantas y tantas personas votaron como votaron en las elecciones del año pasado, confirma nuestra vocación telenovelera y plantea un retrato fascinante de la mexicanidad.

No sé cuál haya sido su caso, pero yo veía aquello y pensaba: con qué poca cosa nos impresionamos en este país, qué fácil es paralizar nuestros aeropuertos, nuestras ciudades, hacer a un lado la agenda para seguirle el juego a un acto de relaciones públicas.

Mire, a lo mejor usted es un docto politólogo, una sabia internacionalista y su vida está llena de grandes ideas y de tremendos debates.

Pero yo, que me dedico al periodismo de espectáculos, se lo tengo que decir con todas sus letras: la visita de Barack Obama a nuestro país no fue la visita de un mandatario de Estado: fue unjunket.

¿Y qué es un junket? Un evento en donde las casas productoras venden sus películas, discos y series de televisión entre fiestas, cenas, alfombras rojas, convivencias con los fans, entrevistas, frases célebres y mucha, pero mucha mercadotecnia.

Quite a Barack Obama y ponga a Tom Cruise en cualquiera de sus cintas y es lo mismo:

Llegó la estrella. Que nadie se mueva. Hay que venerarla. Mírenla. ¡Qué bonita es! Se ve tan diferente en persona. Escúchenla. Impresiónense. También piensa. Tómense la foto.

¡Ay, es bien accesible! Hagan chisme. ¿No te robó el corazón? ¿No quieres uno así? ¿Para qué la cuestionas si nos la estamos pasando tan bien? Ya se va. ¡En su avión! Mírala. ¿No es divina?

Fue tan obvio que la visita de Barack Obama a nuestro país fue un espectáculo, que nuestra prensa especializada, a falta de nota, se la pasó alucinando con un maldito vehículo apodado La Bestia.

La Bestia por aquí. La Bestia por acá. ¡Ya, por favor! ¡Que los saquen a pasear más seguido!

Si quieren voy y les compro los documentales sobre la parafernalia presidencial que durante años han salido en el cable y en las antenas directas al hogar para que los vean. ¡Qué penoso!

Como el hecho de que prácticamente todos nuestros canales de televisión se entregaron a la visita, en directo.

Aquí tiembla, hay una explosión en Pemex, pasan cosas espantosas y casi nadie interrumpe sus telenovelas, sus programas de entretenimiento y sus talk shows. ¡Para qué!

En cambio, viene Obama y, cuidado, el mundo se va a acabar. No existe otra cosa más importante. Usted, o se entera, o se entera.

Y no lo digo nada más por las señales noticiosas, de paga o de nicho.

No, lo digo porque hasta las estaciones más poderosas, abiertas y populares como El Canal de las Estrellas cortaron para entregarse a la no-nota.

¡Bueno, hasta las señales públicas, las que nunca participan de nada, como Once Tv México, improvisaron larguísimas coberturas especiales y ciclos de mesas redondas!

Me sentí en los tiempos de Juan Pablo II. Me sentí en los tiempos del viejo PRI. Solo que en versión show.

La diferencia es que antes había algo parecido a un sentido periodístico. Ahora hay un sentido como de espectáculo. Nadie tiene nada que decir, pero ahí está, celebrando, emocionando, esperanzando.

¿Celebrando? ¿Emocionando? ¿Esperanzando? ¿Celebrando qué? ¿Emocionando con qué? ¿Esperanzando a partir de qué?

Los grandes temas entre México y Estados Unidos, que son muchos y bastante complicados, están hoy justo donde estaban el miércoles pasado.

¡Ah, pero estuvo muy bonito el junket! Vimos a las estrellas y todos se lucieron.

¿Ahora entiende cuando le digo que estoy conmovido? Somos increíblemente candorosos, faranduleros. Y me temo que ahí están las claves de lo que será la comunicación política del futuro. ¿A poco no?

Alvaro Cueva/http://www.milenio.com

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