LABERINTO DE PARADOJAS

fenomeno


Juan Miguel Zunzunegui

Es mi orgullo haber nacido en el barrio más humilde.

José Alfredo Jiménez.

Hablando de contrasentidos en nuestro México, no hay nada como echar un ojo a las metafísicas canciones rancheras para darnos cuenta de que nuestra esencia es la contradicción: sentir orgullo de ser humilde. Algo simplemente incomprensible. El orgulloso, el altivo, el arrogante y altanero, son precisamente conceptos del todo contrarios a la idea del humilde, el rendido, el sumiso, dócil y obediente. Orgullo y humildad son dos ideas absolutamente opuestas…, pero el mexicano, el hijo del pueblo, le canta a la contradicción y asegura estar orgulloso de ser humilde. Véase el tamaño de la trampa: si se siente orgullo se termina la humildad, si se es humilde el orgullo es imposible.

Dando por hecho la contradicción, tan inherente al mexicano, cabría preguntarse en qué reside el orgullo de ser humilde. En sociedades sin trauma o complejo de conquista se tiene claro que el orgullo se siente por los logros, los triunfos, las victorias, las hazañas, los laureles…, y definitivamente ser humilde no debería ser considerado una hazaña, una conquista o una epopeya victoriosa; menos aún si se es de nacimiento, ya que el hecho de tener una condición de nacimiento, sea la más honda de las humildades o la más altanera de las noblezas, no contiene mérito alguno, pues no es algo obtenido por esfuerzo.

Pero cuando alguien se esfuerza, y si lo hace constantemente, y se empecina en el esfuerzo; probablemente supere su condición, por lo que abandonaría el estado de humildad originalmente referido; a menos que ya entremos en la obcecación enferma de empeñarnos en ser humildes y poner en ello todo nuestro empeño. Por donde se vea, el mexicano orgulloso de ser humilde vive en la contradicción; pero además en el conformismo, en la quietud, en la inmovilidad, y ante todo, en el eterno pretexto de la pobreza, asumiendo que ésta es una virtud. Hacer de nuestra realidad una virtud, sólo hace que nos mantengamos donde estamos, y que no hacer el menor esfuerzo no sea visto como un vicio o una ineptitud, sino como la forma de mantener una virtud tan pura como la humildad de nacimiento.

Todo este orgullo ante la humildad, esta veneración de la pobreza en la que vive el mexicano, pobre pero honrado; no es otra cosa que la manifestación evidente de uno de los componentes del Complejo de Masiosare; el trauma de conquistado. Si ser conquistado es un destino (escrito por el dedo de Dios), si la derrota es nuestro sino histórico…, lo lógico y normal es ser pobre, pobreza que debe elevarse al grado de virtud y ser soportada con estoicismo.

Muchos son los que se aferran a la necia idea de que somos un pueblo conquistado, y que ese evento nos marca de por vida. Esa idea del pueblo conquistado, evidentemente plantea al virreinato, o como prefieren llamarlo, periodo colonial, como la etapa oscura en que estuvimos sometidos y conquistados, el periodo en que nos saquearon, la etapa histórica causante de todas nuestras actuales desgracias.

Ese complejo de conquistado, que siempre ha servido de pretexto al mexicano, debe ser desmitificado, ya que esos trescientos años de virreinato son nada más y nada menos que el periodo de gestación de nuestro país, fundamental para que México naciera en el siglo XIX. Es el sitio del pasado, bastante borrado de nuestros libros, terriblemente ignorado y superficialmente enseñado donde están en realidad las raíces perdidas del mexicano. Es finalmente el periodo donde se dio la fusión de culturas, el mestizaje que hoy somos.

Lejos de ser un periodo oscuro digno de ser ignorado, el virreinato explica todo lo que hoy somos. Muchos libros y maestros de historia, pasan prácticamente de la llamada conquista a la llamada independencia, y resumen estos tres siglos en diez páginas; esa es la razón de que el mexicano no se entienda a sí mismo.

Todo aquel que, fiel a la historia oficial, haya fundamentado su identidad como orgulloso mexicano, en un anti hispanismo, en el desprecio al español, en el “mueran los gachupines” y la eterna cantaleta de que nos conquistaron y saquearon, podrá encontrar problemas con su identidad en estas líneas, su frágil identidad podría tambalearse; y desde luego, caerá en una de esas paradojas que amenazan con destruir la continuidad del espacio-tiempo: mentarle la madre al español en español.

El desprecio al “gachupín” como conquistador del siglo XVI, en muchos mexicanos se ha convertido en odio al “gringo”, como conquistador del siglo XX; esos mexicanos son anti españoles y anti “yanquis”. Lamentablemente un país y una identidad no puede, o mejor dicho no debe, basarse en ser “anti algo”, y tristemente es el caso de México, nos identificamos por aquello que odiamos en común.

Y claro está que el conquistado odia al conquistador, traducido en términos sociales y hasta marxistas, el explotado odia al explotador; lo cual, aterrizado en la vida cotidiana nos lleva de nuevo a enaltecer nuestra pobreza como virtud, y destino inequívoco del conquistado, y a que el pobre, que lo es por ser conquistado y no por su culpa, aborrezca al rico, que lo es por ser conquistador, es decir, por malvado, por déspota, por ruin y por tirano. Así todo se explica: todos los pobres son buenos, ya que son humildes (orgullosamente) conquistados; y todos los ricos son malos, ya que son perversos conquistadores.

Pero como siempre, superar traumas y dejar de buscar culpables externos, nos hace ser responsables de nosotros mismos, algo que muchos no quieren, ya que siempre es más fácil culpar a alguien más. Madurar es difícil, el estudio del virreinato como parte fundamental de nosotros nos puede ayudar en ese difícil proceso, nos haría entender la hispanidad del primer país hispanohablante del mundo, podría colaborar con la comprensión de nuestra identidad, y sacarnos del laberinto de paradojas en que el complejo de conquistado sumerge al mexicano.

Fuente: http://www.lacavernadezunzu.com

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