La lucidez y la regla

La lucidez y la regla

Conviene advertir que lo que en sus mejores tiempos fue una Europa lúcida y reflexiva, pensativa y a la vez musculosa, es ahora un lugar dirigido por políticos lentos y pusilánimes, gente sin entusiasmo y sin plasma, un puñado de naciones que se ha plegado al credo de que el dinero y el pulso bursátil serían por si mismos suficientes para exterminar las ideologías. Su error ha sido gastar ingentes cantidades de dinero en extender la pobreza, como un agricultor que en su infinita y aturdida torpeza siembra sus campos con langostas y los riega luego con un lanzallamas. A los gerentes de esta Europa aturdida por la pereza les ha dado por creer que el alto nivel de vida de los ciudadanos había inoculado en la población el fértil embrión de la pereza y que ya jamás prenderían entre ellos la insubordinación o la ira. Olvidaron que el III Reich tuvo su origen en una Alemania empobrecida como consecuencia del castigo económico impuesto por las potencias vencedoras en la I Guerra Mundial, algo que la señora Merkel impone ahora a los ciudadanos del sur, reproduciendo de manera temeraria las condiciones miserables en las que suelen florecer las revoluciones, las ratas y los dioses. Es como si lo que Hitler no pudo conseguir con sus generales, intentase lograrlo ella con sus contables, esos tipos lentos, autistas y metódicos que, con la inestimable ayuda de sus criados de Bruselas, se empeñan en derrochar el dinero en el fomento de una pobreza con cuya escocedura están despertando los mismos fantasmas que precedieron a los peores momentos de la historia europea. A lo mejor la señora Merkel tiene un momento de sana lucidez y comprende que la pobreza que inspira a los poetas, suele ser la misma que, mezclada con el alcohol, despierta de la duermevela del tute a los soldados. Lo malo será que a la señora Merkel la lucidez tarde más en venirle que la regla.

José Luis Alvite/larazon.es

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