La chimenea de Treblinka

La chimenea de Treblinka

¿Es moralmente defendible que se aleguen criterios de rentabilidad en la aplicación de la Ley de Dependencia? ¿Cabe estimar en su provisión de fondos los mismos criterios ideológicos con los que se patrocinan otras partidas del gasto público? ¿Será que la derecha política es menos sensible a los inconvenientes de la vejez porque puede atender a sus ancianos y a sus desvalidos sin recurrir al dinero público, igual que cuida sus caballos y sus palos de golf? El envejecimiento es un engorro no sólo para el que lo sufre, sino para quienes comparten su vida. Un anciano es una carga funcional, un lastre económico, una terrible servidumbre. Vivimos en una sociedad que soporta mal el dolor y prefiere delegar en el Estado la incomodidad que supone la vejez. Por otra parte, los políticos recortan gastos sin la menor reflexión sobre la ética del presupuesto, sin que importe que el ahorro resulte no sólo equivocado, sino inmoral, incluso delictivo. Podríamos culparnos los unos a los otros con argumentos y nadie resultaría impune. Entre todos hemos convertido la vejez en un asunto casi agropecuario que se resuelve agrupando a los ancianos en granjas asistenciales que se administran sin la menor emoción, con escrupulosa frialdad, tratando de ahorrar en la medicación, en el abrevadero y en los piensos, utilizando en ello una mecánica en la que para rozar el holocausto sólo falta que al final del tren de lavado alguien se encargue de que funcione con máxima rentabilidad un horno crematorio. A eso hemos llegado en imparable degradación. Hemos convertido la vejez en un subproducto social, y su administración, en una industria de residuos sólidos. Es cuestión de tiempo que la degradación moral de los servicios públicos siga su avance implacable y que sobre los tejados de nuestros asilos y residencias asome la espeluznante chimenea de Treblinka.

José Luis Alvite/larazon.es

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