Felicidad

Un retrato desde el pesimismo

Breviario:Felicidad

La felicidad es una hipótesis demasiado ingenua para considerarla en serio. No se trata más que de una percepción de bienestar pasajero, un consuelo provisional de la existencia, tan corto en su duración como difícil en su reminiscencia, pues la memoria arraiga con más facilidad, con mayor firmeza y durante muchísimo más tiempo los instantes dolorosos que los placenteros. Conseguirla y conservarla, por así decirlo, es tan complicado como establecer el número exacto de necedades que rondan a cada segundo por nuestras cabezas.


Algunos han querido alcanzarla entregándose en exceso a todo tipo de placeres, hasta que terminan hastiándose de ellos y odiándose a sí mismos. Otros han intentado refrenar sus instintos y alejarse de todas las pasiones existentes, hasta que acaban por no aguantar ni el peso de su propio cuerpo y se suicidan por puro desespero. Hay quienes buscan el ansiado sosiego en la santa sede de la ebriedad, y lo que les dura la jinchera les dura la felicidad. Muchos creen que acumulando dinero y bienes la obtendrán, pero no bien descubren que hay por lo menos un centenar de individuos más ricos que ellos, los invade una inquietud tan grande que de ahí en más no tendrán un solo momento de descanso. No pocos están convencidos de que saliendo a aventurar por el mundo con una mochila al hombro hallarán el sitio ideal para gozar de una vida plena y satisfactoria, y así envejecen paseando el hambre de pueblucho en pueblucho, ignorando que apenas emprendieron su viaje lo primero que empacaron fue la infelicidad que los determinó a partir. Uno que otro misántropo la busca haciendo dieta de los hombres y sus sucias costumbres, y a tal efecto se interna en lo profundo de una montaña junto con sus hijas, a quienes con el paso del tiempo hará madres –y abuelas, si el tiempo y las fuerzas se lo permiten–. Demasiados filósofos algo líricos sostienen que en la contemplación desinteresada de la naturaleza y en la elevación de espíritu se la puede encontrar. ¿A qué naturaleza se referirán? Hace mucho tiempo que aquel refugio se convirtió en un medio más para satisfacer las necesidades del bípedo implume, que ha metido sus narices avarientas en cuanto rincón del mundo subsiste todavía. Incluso en el lugar más apartado de la tierra se encuentra uno hoy a alguien tratando de venderle un trapero. La propia naturaleza, estimados vejetes ociosos, ha sido pervertida. Y ustedes echados en una cama pensando en cosas inoficiosas.

Aunque nos neguemos a aceptarlo, todos padecemos el síndrome de Agamenón: después de alcanzar un fin, o incluso la gloria, se nos viene encima otra desgracia o un nuevo motivo de preocupación. De ahí que cueste tanto trabajo imaginarse que aún existan optimistas entre nosotros. Estos individuos que vienen siendo al mundo lo que son los cerdos a sus cocheras, que no se cansan de vivir día a día en la repugnancia absoluta y que si acaso vieran abierta la puerta de la marranera harían como los puercos: no se les ocurriría siquiera poner una pezuña afuera. De hecho, el caribajito es un poco más digno: se queda en su inmundicia porque entiende que allí tiene la comida asegurada y sabe que en otro lado adelantará el fatal instante de convertirse en alimento de otro. En cambio el optimista, aun cuando esté obligado a aguantar hambre todos los días, conserva la esperanza de que su situación cambiará en algún momento. Para un optimista el desenlace trágico no existe, por más que la realidad lo contradiga. Un optimista no sabe ni en qué mundo vive.

El edificio de la felicidad se desploma con más prontitud de lo que tarda en construirse, dado que sus cimientos están asentados sobre la arena. Debido a eso el uso de alcohol y narcóticos, tanto psicoactivos como morales, es cada vez más grande, ya que cualquier cosa que sirva para alargar ese breve instante de satisfacción representa un alivio a la innumerable cantidad de penas, frustraciones y desdichas que nos afligen a diario.

Bajo estas circunstancias, el insensato que al borde del sepulcro declara que llevó una vida feliz en todos sus aspectos y que volvería a repetirla si tuviera oportunidad de hacerlo es, además de un farsante empedernido, un desquiciado que lo mínimo que puede hacer es librarnos de su presencia muriéndose lo más pronto posible. Seguro a un tipo así no lo quiere vivo ni su propia familia, que debe estar esperando ansiosa su deceso para ver si dejó más bienes que deudas.

Anderson Benavides/http://www.elmalpensante.com/

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