Expiación

Expiación

Si se hiciera una encuesta mundial sobre cuál es la obra arquitectónica más importante de la historia de las construcciones, muy probablemente saldrían elegidos los celebérrimos Jardines Colgantes de Babilonia. Si restringimos la cuestión a las edificaciones actualmente existentes, con gran probabilidad serían señaladas las Pirámides del Gizeh, la única de las Siete Maravillas Clásicas que permanece en pie. Seguidas de cerca por la Gran Muralla China o el mausoleo musulmán del Taj Mahal en la India.

Si acotamos la selección y nos limitamos a la arquitectura moderna, del siglo XIX en adelante, habría sin duda varias candidatas notables, entre las cuales se encontrarían la Torre Eiffel, la Catedral de Brasilia, la Ópera de Sidney o la Sagrada Familia de Barcelona.

Sin embargo, si nos restringimos aún más la búsqueda a aquéllas que se encuentran ahora mismo en construcción, por unanimidad sería refrendada la elección de la obra magna de Antoni Gaudí, la basílica que él mismo quiso llamar El Templo Expiatorio.

En efecto, su construcción se inició hace 131 años y todavía no se termina. Ni pa’cuándo. Los trabajos no se han interrumpido, pero se trata de un proyecto colosal, inimaginable. De las 21 torres de que deberá constar una vez acabada, sólo han sido levantadas ocho, de las más pequeñas. De las cuales cuatro en vida del propio arquitecto. Además, por instrucciones precisas y tajantes de él mismo, para sufragar los costos ingentes de tal edificación, no se aceptan donaciones de ninguna institución, civil o religiosa. Se recurre exclusivamente a las aportaciones obtenidas por medio de una suscripción social, popular y anónima.

No es necesario que le diga, perspicaz lector, que la intención de continuar los trabajos después de la muerte, en 1926, del genial demiurgo a sus 76 años, despertó y sigue despertando una cruenta polémica entre los estudiosos del arte y la sociedad en general, mucho más allá de las fronteras de Cataluña.

Quienes sostienen que es un despropósito querer “completar” la creación de Gaudí argumentan que se trata de una obra de arte, no de un simple templo. Es tan aberrante como querer ponerle brazos a la Venus de Milo, cabeza a la Victoria de Samotracia, nariz a la Esfinge egipcia, pegar y resanar el disco de piedra de la Coyolxauqui o acabar la Sinfonía Inconclusa de Schubert. Eso hicieron de ellas los avatares de su existencia y el paso del tiempo, o así la dejó el artista, y por lo tanto así se queda. No les falta razón.

Además, añaden, Antoni Gaudí nunca elaboró planos precisos de su idea. Como otros grandes artistas, en ese o en otros dominios del arte, iba improvisando, a medida que la realización avanzaba. Dejó únicamente algunos bocetos y maquetas, desperdigados, la mayoría de los cuales se extraviaron irremisiblemente durante la mal llamada Guerra Civil.

En la trinchera de enfrente se encuentran los férreos y aferrados defensores de la continuación y conclusión que sostienen con énfasis que ése era el sueño y el legado del propio Gaudí. Nunca pensó en una labor realizable en un intervalo relativamente breve de tiempo. No era cosa de unos cuantos años. Parece ser queAntoni ya tenía claro, 20 años antes de su fallecimiento, que él no vería consumada su utopía de piedra y mortero.

Añaden que no se trataría del primer ni único caso con tales características. Las grandes catedrales góticas de la Alta Edad Media en la Europa septentrional fueron edificadas también a lo largo de generaciones y generaciones. Gaudí fue el inspirador, el detonador, pero se trata en realidad de la obra de todo un pueblo. Tampoco les falta razón.

Usted decántese, preclaro leyente, la difícil disyuntiva proviene no sólo de la envergadura inmensa del propósito sino también y probablemente en primer lugar de la personalidad abismal de su autor. Fue socialista en su juventud y murió siendo un creyente fervoroso. Luego así pasa. En sentido contrario también, acotemos. Pero en su caso lo fue de manera inflamada y heterodoxa en ambas etapas.

Cuando contaba con menos de 30 años se apasionó perdidamente de la mujer que se convertiría en el amor de su vida. Literalmente, pues al cabo de unos años el idilio naufragó yAntoni no volvió a tener la más mínima relación sentimental. El dolor de aquel rompimiento fue tal que no sólo no fundó nunca una familia, sino que ni siquiera tuvo una casa propiamente dicha. Dormía sobre un jergón en el taller/estudio adosado a la construcción en la que estaba trabajando en ese momento. Tuvo muy pocos amigos, entre ellos su muy cercano e indispensable colaborador en la Sagrada Familia, el notable Lluís Muncunill. A partir de aquel dramático desengaño, fue un hombre lacónico y solitario. No poseía otro bien ni propiedad que sus escasas y raídas prendas de vestir. Y su talento. Su inconmensurable, anonadante talento.

Toda su líbido, arrolladora, la volcó sobre su obra. Para fortuna de aquellos que hemos tenido el privilegio de contemplarla y gozarla. No deja de ser asombroso que ese hombre taciturno e introvertido nos legara esas creaciones luminosas, coloridas, divertidas, exuberantes y de una temeridad y desacato jubilosos y desbordantes. Cuando inició los trabajos de su basílica atravesaba por una muy ruda crisis anímica y conceptual. Parece mentira. Realmente parece mentira.

Proyectó obras rigurosas que únicamente expresaban esa soledad opresiva, pensando recobrar ese carácter irredento sin añadir más elementos novedosos totalmente extraños, elaboró, sin embargo, las arquitrabes maestras originalmente relegadas. Sin incorporar nuevos taludes incómodos, Muncunill ideó varias innovaciones, necesitó optar por unas estructuras distintas obteniendo variantes ingenieriles viables indiscutiblemente revolucionarias.

¿A quién expía la enloquecida Sagrada Familia? ¿Qué expía? Estoy convencido de que a nadie, más que a sí mismo, que al pecado mortal de ese goce incontenible, lujurioso hasta la desesperación, con el que substituyó aquel otro, perdido y no menos intenso, de su juventud. Goce del que nos sigue haciendo partícipes a sus alucinados devotos. Y también sospecho que, con su templo y con un guiño, nos heredó no sólo una obra inacabada sino de hecho inacabable.

Marcelino Perellò/http://www.excelsior.com.mx

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