El dolor y la sinfonía “pastoral”

Una violinista narra la intensa experiencia física de interpretar una pieza de Beethoven.

El dolor y la sinfonía "pastoral"

¿No es hermosa la sinfonía “Pastoral” de Beethoven? Una música encantadora que vaga con el oyente por arroyos, praderas y toda esa bendición que son los cantos de las aves. Es una obra que te lleva de la mano y te pone a soñar y te recrea. ¡Es magnífica! Ahora la estoy tocando en una gira europea con la Orquesta de Cámara de Escocia, bajo la dirección de Robin Ticciati.

Pero me gustaría contarles acerca del dolor. Aguanten conmigo. El dolor es una parte importante del placer. Vengan. Siéntense en mi puesto por un minuto. Estoy en la segunda silla, al lado del violín principal, bastante cerca del codo derecho del director. Si se le zafara la batuta, podría caerme en el ojo.

Ahora bien, como segundo violín, mi trabajo consiste en ir desplazando las partes interiores de la música. En esta obra, como en muchos otros casos, hay que tocar un montón de semicorcheas. Por ejemplo, en el segundo movimiento, la música se derrama, representando el agua de una quebrada que cae sin cesar. Mi consejo en este caso es hacer ejercicios de estiramiento para lograr flexibilidad en los brazos. Y esta quebrada en particular se demora mucho tiempo fluyendo, de modo que uno le pide al cielo que el director no la vaya a hacer demasiado lenta.

En ese sentido, es una suerte tener a Ticciati en el podio. Sus tempos son preciosos. El movimiento de los brazos se siente perfecto. Incluso uno se puede relajar. Durante tres movimientos, toda va a estar bien.

Pero entonces, recordarán ustedes, viene una tormenta. La mente tiene que estar preparada para un cambio dramático de actitud. En ese momento hay que pensar como un atleta que va a correr una larga distancia: la carrera más importante de la vida. Al comienzo vienen unos pocos compases de gotas de lluvia, pero luego llega la locura, el infierno. Agárrense del mástil. Toda la orquesta sobre el escenario va a desgarrar el aire con truenos, rayos, viento, lluvia, sin parar durante dos páginas. Hay que tener presente que no todos los compases son de igual importancia: uno se puede desgastar con tanta emoción. Si uno le pone mucha energía al comienzo, es improbable que llegue al final.

Más o menos a la mitad de la tormenta, ¿por qué no levantar la vista? A través del sudor, con la vista empañada, puedo divisar las violas al otro lado. Son mis socias en este movimiento sin descanso, barriéndolo todo. Asumiendo que los músicos estén todavía erguidos en sus sillas, será fácil ver los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, signos de que están luchando con toda esa acumulación de ácido láctico en los músculos del brazo derecho.

Y justo cuando piensas que la tormenta te va a destruir y que no vas a aguantar un segundo más, aparece en el horizonte esa señal de esperanza: una redonda, una nota larga, una nota lenta. El brazo derecho cae, el cuerpo se desbloquea de aquel espasmo, los oídos zumban un poco. Aflojando, uno se arrastra hacia el cambio de tono. En esa línea Beethoven escribe “dolce”. La flauta se eleva desde los escombros hasta un plano elevado de alivio, de dicha, y aquí estamos en el último movimiento. Lo has logrado. Los vellos de la nuca se erizan ante toda esa belleza.

Ese pasaje del dolor físico a la bienaventuranza es una sensación muy poderosa. Tan poderosa que está marcada en algún lugar profundo de mi cerebro. Una vez estaba en una cama de hospital, recuperándome de una operación, con enfermeras que me daban morfina. La morfina no estaba haciendo efecto, pero me dijeron que ya no podían suministrarme más. Entonces pedí que me trajeran mi iPod.

En aquella sala de recuperación descubrí que la experiencia de tocar la sinfonía “Pastoral” se había asentado en mis conexiones neuronales. Mientras escuchaba, mi cerebro iba repasando la música que conocía tan bien, aun cuando mi cuerpo estuviera inmóvil. Y ese contento y ese alivio que emergieron en mi mente en el último movimiento fueron los mismos. Ese día la música probó ser más potente que la anestesia. Con las notas de Beethoven en mi flujo sanguíneo, de repente ya no había más dolor.

© Gramophone, 2012

Rosenna East

Fuente: http://www.elmalpensante.com

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