El casco y los pañales

El casco y los pañales

Cada vez que a un político se le ocurre redactar una ley es para echarse a temblar, sobre todo si pensamos que nada perjudica tanto la libertad de un hombre como la obsesión legislativa de velar por ella. Ahora le toca el turno a los ciclistas, que serán obligados a llevar casco «por su bien», aunque suele ocurrir que de esta clase de medidas siempre sale beneficiado algún comerciante. Si a ellos se les impone el casco por su seguridad, ¿por qué no se obliga por esa misma razón a los niños a ponérselo para jugar en los columpios y a los marineros para faenar en sus barcos? Y pensando en que sus cagadas puedan deteriorar el patrimonio artístico de las ciudades o pudrirnos la cabeza, ¿por qué el ocurrente legislador no dispone que se les ponga pañales a las palomas? No se entiende muy bien que siendo nosotros la especie animal más inteligente, tengamos sobre los perros la desventaja de padecer en algunas carreteras unos límites de velocidad que no rigen para ellos. A mí me preocupa mucho ese entusiasmo legislativo que tanto nos limita la capacidad para decidir sobre nuestras propias vidas, no dándonos la opción de sobrevivir, sino obligándonos a ello. Probablemente los políticos se ciegan redactando leyes y no comprenden que la libertad no es un concepto que se redacta, sino algo que, simplemente, se toma. Yo preferiría que se entusiasmasen con una actitud distinta, respetuosa con las decisiones más personales del ciudadano, porque una vez consumada la obligatoriedad del casco, algún legislador tendrá la sublime tentación de influir en nuestros sueños dictando una ley que le permita al ministro del Interior elegirnos el pijama. Personalmente rechazo la obligatoriedad del casco y ni siquiera creo que necesite un argumento para ello. Lo hago por la misma sencilla razón por la que el instinto me dice que a veces reglamentar la libertad es tan absurdo como encender la luz para ver mejor la oscuridad.

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