El aliento y las ideas

alvite

Cerca de mi casa han cerrado tiendas de ropa y restaurantes, disminuyeron drásticamente los quioscos y hay un par de mendigos que tienen más dinero que quienes les daban limosna. Al carnicero se le redujeron un tercio las ventas y se consuela porque no ha tenido que echar el cierre, como hizo la frutería de enfrente. Es curioso que con la crisis hayan disminuido en la calle los desperdicios y que la baja calidad de la basura haya espantado a las ratas. También parece que en estos tiempos de estrechez renace la religiosidad, seguramente porque perdida la fe en los economistas los ciudadanos ya sólo conciben compensarla con el recurso de los santos. En el bar de mi amigo Antonio ya no toman café las putas que acudían cada mañana con la boca deformada por la mueca rumiante del sexo, porque, como sugiere él, el cauce está tan vacío, muchacho, que ni hay agua bastante para que se moje el río. Antes de echarle el cierre a su negocio, el propietario de un reputado restaurante compostelano me comentó que la progresiva decadencia del gremio de hostelería significaría el desconcierto social de España y el fin de una era de felicidad colectiva en la que al final de una cena de amigos los comensales no hacían cola en el baño para evitar el pago de la factura. Se dice que en los países calvinistas y fríos es la cultura lo que evita las revoluciones y que esa contención en el sur sólo pueden ejercerla los bares, esos locales tan abundantes y tan concurridos a los que acudimos tradicionalmente los españoles, ciudadanos cálidos y sociables de un pueblo que sabe que una guerra tiene más sentido si al final de la columna de blindados avanza sobre una peana de humo la silueta de la cantina. Lo terrible es que el entusiasmo que tendríamos que haber puesto en las ideas, lo hemos empleado en el aliento.

José Luis Alvite/larazon.es

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