Cuando relinchaba el sexo

alvite

Hay un momento en el que descubres que ya no te ocurre algo que te sorprenda, ni ves cosas nuevas de las que desconozcas el nombre. Te preguntas entonces si aún hay alguna posibilidad de que te ocurra algo maravilloso que jamás te haya sucedido, como recuerdas que era tu vida no hace tantos años, cuando tus emociones eran más grandes que tu vocabulario y tenías la agradable sensación de que la existencia era algo que representaba cada día de manera sorprendente e imprevista, como la primera vez que besaste a una mujer y no te importó guardar silencio porque no sabrías cómo describir lo que acababas de notar. Sentías emoción por cosas que desconocías y que tal vez ni siquiera habías imaginado, supongo que casi el mismo estupor que sentirías ahora si dejasen de ocurrir algunas de esas cosas repetitivas que tan a menudo te suceden y todo empezase de nuevo

en aquellos días ingenuos y remotos en los que cada mañana, al despertar, la vida era para ti como si el aroma del desayuno fuese la primera vez que tenías madre. Ni imaginabas siquiera que la suerte de vivir llevaría aparejado sin remedio el riesgo de envejecer. Siempre estaba a mano la analgésica belleza de lo nuevo, y por muy mal que estuviesen las cosas, para ti siempre sonaba lejos el fragor de los obuses, la ferretería de la guerra. En las viñas de mi niñez goteaban leche verde las uvas recién herniadas y cuando empeoraba el tiempo nunca resultaba tan amenazador, ni tan terrible, que no pudiese arder la leña mojada, ni fuesen tan azules las nubes más oscuras. Los hombres sabios que conocí entonces salían cada mañana a la calle y ni imaginaban siquiera que algún día serían ellos la estatua en la que jugarían sus nietos en el parque. Ya nada queda de todo aquello, muchacho, de cuando en las bisagras de las alcobas relinchaba sin aliento la onomatopeya del sexo.

José Luis Alvite/larazon.es

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