Aquel muchacho de Hoboken

Aquel muchacho de Hoboken

A mí siempre me pareció que Frank Sinatra sonreía con cierta desgana, como si supiese que la felicidad no fuese realmente otra cosa que un pasajero mal sabor de boca. Quince años después de su muerte, nadie ha ocupado su lugar en los escenarios y es dudoso que haya alguien capaz de hacerle sombra en el cementerio. Será difícil que aparezca otro como él, no sólo porque su voz es irrepetible, sino porque cuesta creer que la naturaleza se prodigue en la recreación de otro tipo humano tan peculiar como Frankie, aquel muchacho pendenciero de Hoboken que envejeció con la certeza de que no había en su vida un solo vicio que en el caso de renunciar a él no supusiese el desprestigio de su mala fama y la ruina de su voz. Quienes condenan su mala vida, en el fondo le admiran precisamente por lo mismo que le reprueban. Fue tan duro, tan correoso, y fue tan trasnochador el jodido de Frank, que cuesta creer que la muerte no se quedase dormida cinco minutos antes de fijarse en él. Llegó muy joven a lo más alto y puso luego el mismo empeño en caer hasta donde ningún otro se habría levantado. Fue violento y generoso, sincero y socarrón, un tipo entusiasta y a la vez con un sofisticado sentido de la soledad y una elegante intuición para convertir la tristeza en una refinada variante del placer. Unas cuantas mujeres disfrutaron de su amor y a otras no les importó presumir de haber sido objeto de su desprecio. ¿Qué tenía Sinatra para que todo le fuese perdonado? Fui a un concierto suyo en A Coruña seis años antes de su muerte y había poca gente. Le costaba moverse y subió al escenario con ayuda, pero fumó y bebió mientras ofrecía una actuación inolvidable. Los hombres aplaudimos de pie. Ellas se lo agradecieron sentadas, supongo que mientras esperaban a que secasen sus asientos… (A Santi González)

José Luis Alvite/larazon.es

 

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