Agnosticismo con poleo

Agnosticismo con poleo

No recuerdo en qué momento de mi vida dejé de ser creyente, seguramente porque mi escepticismo no me pareció entonces una conquista inteligente, una proeza intelectual, algo que valiese la pena considerar inolvidable. Por mi buena memoria numérica, supongo que lo recordaría si, habiéndolo fiado todo a la tarjeta de visita de Dios, en algún descuido hubiese perdido su teléfono. Fui un niño creyente y practicante, un dócil y abnegado muchacho que les soplaba a las mariposas para ayudarles a volar y a veces hacía las cosas mal adrede porque quería sentir el extraño e incómodo placer del remordimiento frente a alguien superior que me hiciese reproches con mayor legitimidad moral, y más contundencia, que la roñosa bibliotecaria del instituto cada vez que le perdía un libro. Lo que tengo claro es que quien me alejó de Dios no fue la ciencia, ni el trato con los sacerdotes, ni que a las monjas les oliese en el aliento el requesón de su sexo fermentado en el nido ignífugo de sus bragas de amianto. Creo que fueron mis rodillas, que llevaban mal la repetitiva gimnasia del reclinatorio, sobre todo cuando iba con tía Pepita a la novena de San Bieito y volvía por la noche a casa diezmado por aquella fatiga litúrgica que tanto daño me hacía en los malditos meniscos. Pero no dejé de creer en Dios como resultado de una reflexión lúcida, ni movido por alguna lectura inteligente, de modo que no puedo presumir de mi agnosticismo, sino, simplemente, admitirlo como el resultado de una cierta pereza recreativa, supongo que también como la consecuencia de que en el camino de la parroquia alguien tuvo la ocurrencia de abrir un salón con futbolines. Supongo que creeré otra vez en Dios cuando en medio de la agonía no me importe que el jodido consomé venga mezclado con el poleo insípido de la extremaunción.

José Luis Alvite /larazon.es

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