Fenomenología de la queja pública

Razones, formas y lugares para quejarse parecen sobrar a la opinión pública mexicana. Cabe preguntarse, ¿cuánto de esto aplica para nuestro país?
Fenomenología de la queja pública

1. La demasiada queja

La lectura de los diarios mexicanos me hace recordar la anécdota del gran escritor que en medio de una animada sobremesa de fusilamientos literarios se atrevió a decir: “No entiendo cómo gente a la que le va tan bien, habla tan mal de otros”.

Es probable que nunca en la historia de México les haya ido tan bien a los medios como ahora. Es posible que nunca hayan, tampoco, difundido una idea tan quejumbrosa del país.

Los mexicanos suelen sacar calificaciones altas en las encuestas obtusas que miden la felicidad de las naciones. La población general de México, lo que algunos llaman “el círculo verde”, es una de las más felices del planeta.

Todo lo contrario sucede en el llamado “círculo rojo”, el círculo de la prensa, la opinión publicada y la opinión declarada. En el círculo rojo, México debe tener una de las más altas calificaciones de infelicidad del mundo.

Si hubiera que definir los rasgos comunes al círculo rojo de todas las tendencias, serían la inconformidad, la crítica y la queja. Y cada vez más, solo la queja.

La queja pública que es un extremo vicioso de la crítica, un barro adolescente del ejercicio de la libertad de expresión.

He aquí una tendencia que empieza a ser hartante: la crítica que se convierte en queja y la queja que se olvida de la crítica. La queja pública de que hablo es la crítica vuelta facilismo, la molestia vuelta desahogo.

El espectáculo es redondo. Los políticos se quejan de sus propias decisiones (por ejemplo, en materia fiscal). Los ciudadanos se quejan de los políticos que eligieron. Los gobiernos se quejan de sus medios, de sus empresarios o de sus ciudadanos. Los medios, los empresarios y los ciudadanos se quejan de sus gobiernos.

La queja pública ubicua se derrama por igual sobre la baja calidad de los políticos, la mala conducción del gobierno, la ineficacia radical del Estado, las limitaciones del presidente y de su gabinete, la impunidad de los gobiernos locales y de los poderes fácticos.

En suma: una queja universal sobre la clase dirigente hecha por quienes hablan en nombre de una ciudadanía a la vez enojada, harta, inerme y desvalida frente a quienes la dirigen.

Una ciudadanía a la que no le queda más remedio, y acaso no tiene otro desquite, que descalificar, insultar, quejarse.

No es que falten razones para quejarse, sino que la demasiada queja acaba vacunando contra ella misma, volviendo rutinario y caricatural lo que debiera ser alarmante y útil.

2. Variedades

No falta ninguna forma de queja en nuestra vida pública, abundan de hecho todas sus variedades al punto de que ocupan por momentos todo el escenario. El objeto de la queja, en cambio, es recurrente: los políticos y las autoridades.

Empecemos por decir que hay la queja que alivia y también la queja justa, la queja legítima de las víctimas, la queja de solidaridad y la queja oportuna, que evita un mal mayor.

Hay también la queja lúcida, la queja informada, la queja propositiva, la queja que reconoce la dificultad del mal que explora y se mantiene decidida a cambiarlo, proponiendo soluciones.

Pero dominan el panorama las quejas airadas, coléricas, descalificatorias o apocalípticas, que se satisfacen en su exaltación, y las quejas indolentes o resignadas, que se consuelan con la esperanza de ser oídas.

Hay la queja del fracaso merecido, digna de psiquiatras y novelistas, y la del fracaso inmerecido, digna de solidaridad.

Hay la queja histórica: “Nada hemos logrado”, y la queja futurista: “Nada podemos esperar”.

Hay la queja social, cuya especialidad es la pobreza, y la queja moral, cuya especialidad es la corrupción.

Hay la queja del quejoso profesional y la que limpia las buenas conciencias. Hay la queja sectorial, que padece anteojeras, y la ideológica, que se queja de la ideología de los otros.

Hay la queja que paraliza y la queja que conmueve, y la queja que se cumple en el puro placer de quejarse.

Hay la queja cínica de los diletantes y hay la queja oportunista de los hipócritas.

Hay también la queja por reflejo, que se emite por contagio de la queja ambiental, prima hermana de la queja por moda, que se sube al ómnibus de la queja en turno.

Hay la queja idiota que no sabe bien por qué se queja y hay la queja por prestigio, que se emprende con el ánimo de gritar: “Yo también soy crítico: me quejo”.

Y hay la peor de todas las quejas: la queja resentida y victimista, la queja que culpa a otros de las propias faltas, y al país de las propias limitaciones.

Los antídotos para la queja pública son el humor y las propuestas: las quejas con sonrisas y con soluciones adjuntas.

Tenemos un ágora sin humor o que especializa su humor en caricaturistas y columnas de humoristas profesionales, con frecuencia espacios de mal humor.

Tenemos también un ágora sin propuestas, que se complace en la denuncia de sus defectos sin esforzarse en el diseño de sus correcciones.

3. Queja y ciudadanía

Hay países que se quejan y otros que no. Si yo pudiera decidir sobre los índices mundiales del llamado riesgo país, que es el índice de confiabilidad financiera de las naciones, incluiría en ellos el conceptoqueja país, es decir, la medición de cuánto se quejan los países.

Los países que se quejan más serían más desconfiables que los que se quejan menos, por la misma razón que un futbolista que se la pasa quejándose del árbitro por las patadas que recibe es menos confiable que el que se concentra en jugar. La demasiada queja es síntoma de debilidad de la vida pública: o porque las quejas son ciertas o porque no lo son.

En el primer caso porque describen un infierno frente al que nada es posible hacer, y nada hace la sociedad, salvo quejarse.

En el segundo caso, porque describen una comunidad con poca resistencia a la frustración y poca confianza en sus propias fuerzas: una comunidad de ciudadanos consentidos y narcisistas.

La demasiada queja pública al final es autocomplaciente, releva al quejoso de responsabilidad y de iniciativa. Pone la culpa y la solución en otros.

Falta en nuestra ágora el antídoto por excelencia de la queja, el humor. Sobran en cambio la solemnidad, la rabia y el afán de culpar a otro de nuestros males.

La demasiada queja es en el fondo poco democrática, asume que no hay otra que quejarse, que las cosas no pueden cambiarse con la acción de los ciudadanos.

La demasiada queja pública es el grito de una ciudadanía que ha adquirido los derechos sin asumir las responsabilidades de su vida democrática.

Es el autorretrato de una ciudadanía de baja intensidad, y de unos medios que alimentan la insatisfacción más que el conocimiento en la opinión pública.

Que la demasiada queja esté dirigida sobre todo a políticos y autoridades, habla también de una ciudadanía que no cree en sus propias decisiones democráticas, pues nadie sino los ciudadanos han elegido, con su voto, a los políticos y gobiernos que desprecian.

Hay, por último, un fondo elitista y un sesgo profesional en la demasiada queja pública. El país catastrófico o simplemente impresentable que retrata día con día el círculo rojo no coincide con el país del esfuerzo, a veces del estoicismo, en que viven y trabajan millones de mexicanos, sin tiempo para quejarse y sin recibir pago por hacerlo, como es el caso de los profesionales de la opinión pública, cuya credibilidad depende de su tono crítico… y de la fuerza de su queja.

Me incluyo, desde luego, en lo que digo.

Fuente: http://www.elmalpensante.com

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