Una mancha en la cama

alviteHay quien me reprocha la falta de entusiasmo con la que me enfrento a las cosas. Reconozco que sólo en muy contadas ocasiones el resultado de mi trabajo fue la consecuencia de un esfuerzo sincero y constante. Por lo general me he conformado con encarrilar las cosas y desistir antes de que cuajasen. Celebrar un éxito nunca me ha parecido más creativo que lamentar un fracaso. He sido el entusiasta responsable de la mayoría de mis frustraciones y reconozco sin el menor inconveniente que mis mejores recuerdos tienen menos que ver con mis alegrías que con mis sinsabores. Me gustan los poetas en desamor, los dioses sin religión y los soldados vencidos; las flores que nacen acostadas, los bares sin gente y ese desolador momento de la madrugada en el que se te juntan el sueño, los remordimientos y las deudas, ese instante emocional en el que dudas si reflexionar o hacer de vientre. Y sobre todo, me tienta desde siempre la idea de escribir cosas cuya mayor utilidad sea dejar un buen sabor de boca en quien las lea, sin importar que no se trate de grandes asuntos, consciente de que para reprobar la actitud de las instituciones financieras, por ejemplo, mejor que escribir improperios sobre ellas es arrojar una piedra contra el escaparate de la sucursal bancaria, igual que comprendo que para cambiar el mundo la literatura es sin duda menos eficaz que la artillería. Tengo muy poco desarrollado el sentido de la eficacia, así que cuando de muchacho me sentaba en el muelle de Cambados y arrojaba el sedal al mar, lo que de verdad esperaba era que los peces aprovechasen mis cebos para engordar. Comprendo que con una actitud así no se va a ninguna parte. No es algo que me importe demasiado. Con estar muy bien que seas alguien en el corazón de una mujer, tampoco está del todo mal haber sido una mancha en su cama.

José Luis Alvite/larazon.es

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