La sal, la sal

La sal, la sal

Julio Trujillo escribe hoy en Ciudad de Reforma:

Señores del Gobierno del Distrito Federal, disculpen las molestias, les escribo porque el tiro les salió por la culata: desde que anunciaron que recomendarán a los restauranteros de esta ciudad retirar los saleros de las mesas, para concientizar sobre los daños que produce el abuso de dicho producto, mi hipertensión se fue al cielo.

¿O confundo hipertensión con azoro, irritación, simple y llano encabronamiento? Puede ser… Ya me resultaba difícil acostumbrarme al tutelaje de las buenas conciencias, que se escandalizan ante un bistec, o al de la moda, que equipara a las lonjas con el horror, pero esto es demasiado. Condenarnos a unas mesas sin saleros es como sugerirnos que no aderecemos nuestras conversaciones con adjetivos altisonantes, o con adjetivos, punto.

Mira que meterse con la sal es una política peligrosa por su colosal (ah, colo-sal) carga simbólica. Olvidemos, sólo por un momento, la miopía que confunde la administración con el adoctrinamiento: pensemos nada más en la sal misma, ese modestísimo condimento que nos ofrece, sin pedir casi nada a cambio, el sabor de la vida. ¡Hija del mar y de la roca, semilla del apetito, centavo de la civilización! ¡Pizca! La sal es el peón en el tablero de la historia y ahora de un solo movimiento quieren arrasar con ella como quien se exaspera ante

una serie de jaques. Quitarnos la sal, ya no de nuestros paladares, sino de nuestros ojos, del horizonte de nuestras mesas, es ofrecernos un paisaje triste y chato, un mundo aséptico y llano como las relucientes, límpidas hasta la histeria, baldosas de un hospital. ¡Queremos superficies con saleros, así sea para evitarlos con la soberanía de nuestro albedrío!

Y ahora olvidemos, por otro momento, la importancia de esos cristales capaces de mover economías y desatar guerras, y regresemos a la creencia de que un problema se arregla… escondiendo el problema. No vamos a ignorar en esta columna que el abuso de casi todo es dañino, y que el de la sal en particular puede desembocar en la ya mencionada hipertensión arterial, pero creer que la concientización puede generarse con el ocultamiento es como regresar de golpe a los años de la Prohibición. Pongan un salero en cada mesa, fortalezcan los programas de salud pertinentes y trátenos como adultos, por favor. ¿Saben ustedes que “salario” proviene de “sal”? No recomiendo meterse por ahí…

La campaña que ha suscitado mi hipertensión se llama “Menos sal, más salud” y fue lanzada desde el mismísimo restaurante El Cardenal, en cuyas mesas muchos miles de comensales han condimentado sus alimentos hasta hoy. Sólo puedo imaginar a un mesero de dicho comedero, o de cualquier otro restaurante, portando un pin con el lema de la campaña, que antes de ofrecernos un tequila nos largue un folleto informativo… Eso sí será el horror.

Al señor Armando Ahued, Secretario de Salud del Gobierno capitalino, quien lanzó la campaña y quien nos ha anunciado que por estos días iniciará una “Ola Blanca” que consistirá en la medición masiva de la presión arterial en distintas estaciones del Metro, quisiera dedicarle el final de la “Oda a la sal”, de Pablo Neruda, poema en el que también se habla de una ola:

Polvo del mar, la lengua
de ti recibe un beso
de la noche marina:
el gusto funde en cada
sazonado manjar tu oceanía
y así la mínima,
la minúscula
ola del salero
nos enseña
no sólo su doméstica
blancura
sino el sabor central del
infinito.

Fuente:http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com

Deja un comentario