El globito

El globito

Kim Jong-un, el tirano globito, está capacitado para montar un lío de los gordos. Como todo dictador comunista, sus Fuerzas Armadas son beneficiarias de un altísimo porcentaje de los presupuestos. En el pueblo, el hambre, la miseria y el desconocimiento general de lo que sucede más allá de las fronteras de Corea del Norte. La renta «per cápita» de Corea del Sur se multiplica por 39 respecto a la de Corea del Norte. Sin el apoyo de China, el globito estaría pinchado, pero a los chinos les conviene la situación. China, más que un sistema o un régimen comunista, es un experimento. Zonas voluntariamente deprimidas y cuyos habitantes viven en el siglo XIX, y capitalismo a ultranza en territorios prósperos sujetos a la libertad de los mercados. En Corea del Norte sólo viven bien los altos cargos del Partido y los militares. Y cuenta con un poderoso ejército, aunque a veces se les haya ido la mano y la voz exagerando su potencial.

Se dice –allí todo es hermético–, que el cerdito consentido ha declarado la guerra a Corea del Sur y los Estados Unidos. Suena a farol. Corea del Sur es una nación libre y democrática, productiva y rica, y también tiene su fuerza para defenderse. Y lo de Estados Unidos parece de coña. Pero los mochales, y el globito lo es desde que creció junto a su lloradísimo papá, nunca son de fiar. Si dice que tiene mil barcos, puede que los buques de guerra sean doscientos, pero estarán bien armados. Y soldados de a pie le sobran. Ahora son más de un millón y si le da por el capricho, militariza hasta los árboles. Pero intuyo que la declaración de guerra de la peoncilla tirana ha sido un pasarse varios pueblos o una reacción alcohólica. A los chinos no les interesa una guerra en sus aledaños, y menos aún, una guerra comandada por un aliado que no les merece ningún respeto. Porque los chinos son chinos, pero no tontos.

Además, que una guerra no se puede ganar con unos generales tan llorones. Cuando murió el papá del ceporro sebáceo, producía risa ver llorar a tantos generales juntos. Todos con condecoraciones hasta los suburbios de la fuchinga, y todos abrazados en el llanto ante los restos mortales del fiambre canalla. Si los generales lloran, más lo harán los coroneles, y ya me contarán ustedes como sollozarán los capitanes, y los sargentos, y por último, los soldados, que nadarán entre riadas de lágrimas. Las guerras se ganan combatiendo, no con zollipos, gimoteos y perras.

Sólo faltaría que Ada Colau se solidarizara con la causa del marranete y se pusiera a llorar con ellos, que es mujer de lágrima fácil y emoción en permanente brote.

Los generales son seres humanos, y como todos los hombres, lloran y se emocionan. Pero no al unísono. Trescientos generales llorando simultáneamente no inspiran el respeto que se precisa para ordenar a las tropas que crucen un río entre el fuego enemigo. Lo curioso del caso es que el único coreano que no se desencuadernó de llantos ante su papá fue el hijo, cuando su papá se portó divinamente con él. Le compró lo que quiso, le hizo heredero de su inmensa fortuna y lo impuso como sucesor mientras sus generales lloraban como folclóricas. Los «casacas azules» de la Caballería de los Estados Unidos vencieron a los sioux, los apaches, los comanches y los arapahoes por el ruido que hacían con anterioridad a un ataque. La cercanía de un regimiento de Corea del Norte con todos sus componentes llorando como si les hubieran anunciado a todos ellos que han perdido a su madre, se me antoja una gran ventaja para los soldados de Corea del Sur.

«Mi general, ya se oyen los llantos. El enemigo está cerca».

Y ¡zambomba!

Espero que todo se solucione con la diplomacia y un poco de buena voluntad por parte del rechoncho. Corea del Sur cuenta con suficientes recursos militares para defenderse, y los Estados Unidos le queda a los llorones bastante a trasmano. No dudo del potencial, exageraciones al margen, de Corea del Norte. Pongo en duda su espíritu militar. Una guerra no se puede ganar con generales gemebundos y plañideros. Así que ya lo sabes, gordinflón. A comerse la chulería.

Alfonso Ussía/larazon.es

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