El enigma de Saint-Exupéry

El enigma de Saint-Exupéry

Cuando les preguntan a los políticos o a las celebridades poco avispadas sobre sus lecturas, casi siempre responden con burradas. Que si la obra del rabino Tagore o los Cien años de soledad de Octavio Paz. Pero a muy pocos se les ha ocurrido citar entre sus favoritos El principito. Hablando con justicia, habría que reconocer que les asiste la razón. El tema no es el suyo; sin embargo, su desconocimiento de los asuntos literarios los ha dejado sin saber que el de Antoine de Saint-Exupéry ocupa el tercer lugar entre los libros más vendidos en todo el mundo, después de la Biblia y El capital, de Carlitos Marx. Técnicamente, es el más a la mano para salir de cualquier acoso periodístico —aunque no ha faltado un secretario de Educación que lo confunda, presumiendo sabiduría enorme, con El príncipe, de Maquiavelo—, por sus bondades narrativas, simples, sencillas, al alcance de casi cualquiera, incluso políticos y celebridades del talante de Justin Bieber, que alguna vez se ha referido con todo desparpajo al continente canadiense haciendo alarde de su descomunal ignorancia.

Mientras se refiere a la amistad, a los lazos afectivos, al compromiso que establecen quienes se quieren, El principito les habla en verdad a muy pocos de sus lectores. Como sucede con muchos libros, su lectura tiene más que ver con nuestro contexto afectivo que con su contenido literal. Sin esa asociación de emociones y sentimientos, el volumen no tiene sentido. Su profundidad es de hecho la del lector, de manera que es un libro que parece escrito para niños pero alude más bien a los adultos y su complicado universo afectivo lleno de hoyos negros —dicho sea con todo respeto: es como una canción de José Alfredo Jiménez disfrazado de Cri Cri—.

El fenómeno editorial que ahora se actualiza con la celebración de los 70 años que han transcurrido desde su publicación por primera vez no deja de ser sorprendente si se considera que se han comercializado unos 140 millones de ejemplares en el mundo entero, que ha sido traducido a 250 lenguas y que las editoriales se disputan todavía los derechos para las futuras ediciones y reediciones en todos los formatos y modalidades imaginables de un texto siempre joven y vital.

El mismo Saint-Exupéry no habría imaginado el enorme éxito que llegaría a tener su pequeña obra escrita sin mayores ambiciones. Murió de hecho antes de su primera publicación en abril de 1943 en Estados Unidos.

Como se sabe, no murió en su cama, ni mucho menos dormido. Desapareció mientras pilotaba su avión en un solitario vuelo de reconocimiento que partió de una base militar francesa en Córcega el último día de julio de 1944, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Ese día se convirtió en leyenda.

Nadie lo vio caer, ni miró su cadáver. Muchos vivieron largos años de su vida buscando sus huesos o los restos de su avión, tratando de hallar el lugar en el mar donde se habría hundido después de ser alcanzando por las balas de los pilotos nazis. Hubo quienes aseguraron que su avión había caído por el deterioro de sus motores, que Saint-Exupéry se habría suicidado, deprimido desde que fue retirado del combate a sus 44 años. Que dejaba ver impulsos autodestructivos, dicen.

Sus admiradores, que suman millones, lo lloraron en su ausencia, hasta que en mayo de 2000 fueron hallados en aguas de Marsella fragmentos de su avión, incluida su matrícula. Muy cerca habían encontrado antes algunos de sus objetos personales. No se sabe hasta la fecha qué fue lo que sucedió con su vida. O, por lo menos, no con certeza, si se le presta oído a un sujeto ambicioso y digno de poca confianza, empeñado desde hace tiempo en treparse al frondoso árbol de la celebridad de Saint-Exupéry. Cinco años atrás, Horst Rippert, un ex piloto de combate nazi, apareció en el horizonte mediático para confesar en tono melodramático que era él quien había derribado el avión del autor de El principito, “el más amigo de mis enemigos”. A sus 88 años se apresuró entonces a contar su poco creíble historia en un libro, Saint-Exupéry, el último secreto.

Muy pronto le llovieron al alemán desmentidos y reproches por sus ganas de aprovecharse del mito de Saint-Exupéry para llevarse unas monedas a la bolsa. Hubo investigadores que dejaron en claro que no había registro de ningún combate aéreo en esos días y en esas aguas entre franceses y alemanes. Y Rippert, conocido por sus mentiras y exageraciones cuando habla de su carrera militar, no dijo ni pío.

Con su exitosa carrera de escritor, venerado por millones de lectores, Saint-Exupéry sigue siendo un mito, una leyenda, pero también un entrañable enigma.

Héctor Rivera/mileniodiario

Deja un comentario