El Anticristo

El Anticristo

El primer enemigo al que tuvo que enfrentarse el cristianismo fue el vicario de Satanás, el Anticristo, y todos los textos que conocemos sobre su rostro insisten en su obscena fealdad, ha escrito Umberto Eco. Las fuentes del autor no solo están en el Medioevo, su especialidad, sino son incluso anteriores, y ninguna coincide con lo que uno de cada cuatro estadunidenses cree.

¿Qué cree una cuarta parte de ese país? Que su presidente, Barack Obama, es el Anticristo. No debería resultar tan sorprendente por dos razones, principalmente: una es que en el pasado reciente quien ostentaba ese título era el príncipe Carlos de Inglaterra, personaje tan insignificante para semejante comparación que ni siquiera merece más comentario.

La segunda razón para ver con razonable lógica el resultado de la encuesta, dada a conocer esta semana, es que aun en proporciones mayores hay una creencia estadunidense en subhumanos en las cúspides heladas o inteligencia fuera de la Tierra. Una gran capa poblacional tiene certeza sobre la existencia de bases militares secretas con prisioneros extraterrestres y de que relieves y pinturas de zonas arqueológicas representan a seres de otros mundos.

Sí desconcierta, empero, que se compare a Obama con un personaje con el que nada tiene en común, si ha de revisarse algo de la bibliografía sobre el particular. Empezando, si se quiere, por el origen judío atribuido a la bestia, caracterización ésta que nadie debería relacionar con el nombre del automóvil del jefe de la Casa Blanca.

Adso de Montier-en-Der escribió en el siglo X: “El Anticristo nacerá del pueblo de los judíos (…) de la unión de un padre y una madre como todos los hombres, y no, como dicen algunos, de una sola virgen (…) Dispondrá de magos, brujos, adivinos y encantadores que, por inspiración diabólica, lo educarán en todas las iniquidades, falsedades y artes maléficas”.

Hildegarda de Binge, en el siglo XII, decía que el hijo de la perdición, en su locura, vendrá con todas las astucias de la primera seducción, y monstruosas obscenidades, y negras iniquidades, “despidiendo el hedor más terrible, dañando las instituciones de la Iglesia con la codicia más cruel, riendo con un rictus enorme y mostrando enormes dientes de hierro”.

Cuando Obama ganó la presidencia, muchos observadores de esa elección, como el fusilero, presumían que era más fácil que el estadunidense promedio aceptara como gobernante a una mujer, caucásica ella, de la élite política, es decir, Hillary Clinton, que a un negro con nombre musulmán. El salto de Sudáfrica parecía lejano en América. Pero ocurrió con sus particularidades.

Hoy una franja del dividido voto gringo no cede y ve a Obama como el blanco… de sus ataques. Eco escribe que desde la antigüedad, el enemigo siempre ha sido ante todo el otro, el extranjero, y se le asignan características satánicas para desacreditarlo y combatirlo.

Esa considerable parte de ciudadanos, 25 por ciento, ve en su presidente a un negro, descendiente de kenianos, con todo el potencial para ser la antítesis de Cristo, y no sería aventurado decir que un dato que lo hace diferente a ellos es que no milita en el frente republicano. Nueve de cada diez asesinos seriales en ese país son blancos, anglosajones, y quizá solo algunos deudos sin instrucción les hallen habilidades demoniacas.

Hace unos días, frente a los Atlantes de Tula, el fusilero se preguntaba cómo interpretaría esta franja de opinión estadunidense, proclive a creer en toda suerte de conspiraciones y encuentros alienígenas, la armadura, los adornos, la vestimenta y los accesorios que poseen estas portentosas esculturas del mundo tolteca.

Alfredo C. Villeda/mileniodiario

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