Blusas herniadas

alvite

De niño me gustaba enfadar a mi madre y que me amenazase con preparar un hatillo y entregarme a las monjas del hospicio. Quería ser como los niños sórdidos y expósitos de aquellas novelas de Dickens en las que incluso la suerte de que saliese el sol era el presagio de que enseguida empeoraría el tiempo. Nunca supe muy bien por qué hacía aquello, ni puede averiguar el origen de mi propensión infantil a ser un niño del Estado, uno de aquellos críos del hospicio que al salir al patio resistían el frío con el mismo gesto con el que contenían la orina y masticaban lentamente el pan por temor a olvidar en la saliva el sabor de la merienda. Me atraían también los niños que vagaban sin padres por Europa recién acabada la II Guerra Mundial, cuando yo tenía apenas seis años y mi idea del sexo era lamer sin hambre la ropa jabonosa que dejaban a secar las mujeres en el miriñaque de los tendales, aquellas herniadas blusas femeninas en cuyos frunces mojados rumiaba la hembra lúbrica del viento, mientras en la campana de la iglesia daba coces el tiempo y el nazi Rudolph Hess se paseaba por la finca del presidio de Spandau llevando a la espalda la leña esvástica de sus manos secas, y en los ojos, el calostro de la locura. Nunca conseguí ser el niño expósito que tanto deseaba, ni padecí jamás las privaciones con las que tanto soñé cuando era solo aquel crío con delirios dickensianos que creía ver en la cara de tía Pepita las facciones plurales y nodrizas del rostro panificado de Sir Winston Churhill, aquel tipo sabio y tranquilo que a mi me parecía que se relajaba metiéndose por la noche en una bañera en la que alabeaba una salmuera de agua torda y de manga larga que se volvía hipermétrope al flotar en ella la nata de la higiene mezclada con la legaña de la luz.

José Luis Alvite/larazon.es

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