Un dios de taberna

alvite

¿Tiene que evolucionar la Iglesia y acomodarse a los usos sociales? ¿Ha de modificar sus normas para adaptarlas a la elasticidad funcional de la vida moderna y corregir sus dogmas para que resulte más atractiva? ¿Conviene modificar su estructura y mejorar su funcionamiento, dejando sólo a salvo su esencia? Planteado de otro modo, ¿sería bueno cambiar el reglamento del fútbol para que haya mujeres en los equipos masculinos y que los jugadores puedan emplear indistintamente los pies y las manos en todos los lances de juego? ¿Y qué hacer con la figura de Dios? ¿Será conveniente que por el bien de su mayor implantación universal la Iglesia adopte un dicharachero Dios como de taberna, relegando la imagen de ese otro Dios distante, asexuado y solemne que en las películas como si estuviese siempre acatarrado? Por falta de conocimiento no me considero autorizado para darles consejos a los responsables de la Iglesia pensando en que modernicen sus estructuras más allá de que el Espíritu Santo pueda aligerar el escrutinio del cónclave con la ayuda circunstancial de la informática, desistiendo de la vieja tradición de arrastrar las cuentas en el ábaco del billar. A lo largo de la Historia la Iglesia ha dado unos cuantos pasos para adaptarse a la realidad, aunque para muchos su conquista más revolucionaria haya sido admitir en algunos pasajes litúrgicos las canciones de María Ostiz. La verdad es que a mí no me preocupa demasiado que la Iglesia permanezca inamovible en sus dogmas y se aferre a sus usos y costumbres. Cada cual es muy libre de pertenecer a esa Iglesia o vivir alejado de ella. A mí de niño me hizo mucha ilusión que Edmund Hillary coronase el Everest y durante años soñé con imitarlo. Como supuse que sería agotador coronar aquella cima, pasado un tiempo me conformé con mudarme a un tercer piso con ascensor.

José Luis Alvite/larazon.es

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