Sexo de manual

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Un profesor me explicó de niño la sexualidad con un cruce de guisantes. Fue lo más lejos que llegó su charla en aquel bachillerato segregado por sexos en el que yo siempre supe que no aprendería sobre la carnalidad nada que no pudiese averiguar cualquier mañana de domingo en los futbolines. No comprendo que la Junta de Andalucía distribuya un manual recomendando posturas para el coito a niños de doce años, la edad que yo tenía cuando sin necesidad de ayuda pedagógica descubrí que los seres humanos desarrollaban su sexualidad siguiendo sus instintos, igual que lo hacían los perros, que perpetuaban su especie sin recurrir a un sexólogo. ¿Cómo puede ser que la Junta convierta en una asignatura lo que es un instinto? ¿Acaso en su niñez no se dieron cuenta estos listos de que la sexualidad era algo que ocurría sin remedio y que sólo necesitabas que alguien en casa te dijese que no podías emparejarte con la abuela, con el molinillo del café, ni con las gallinas del corral? ¿Alguien tuvo que explicarles que antes de defecar hay que tener ganas y bajarse los calzoncillos? Doce años tenía yo cuando me metí aquel mes de agosto en la ducha con una foto de Mamie Van Doren y disfruté con ella sin necesidad de que nadie me explicase cómo hacerlo, poseído por el natural instinto del sexo, ávido de placer y exultante de energía, sin que alguien me hubiese instruido, sólo temeroso de que, en el caso de que aquello no afectase a mi conciencia, deformase en cambio mi letra. Mamie Van Doren jamás se enteró de lo nuestro, ni lo conté en los futbolines. He tenido desde entonces una sexualidad exuberante, imaginativa y feliz. Jamás necesité un monitor de la Junta de Andalucía. Lo único que de verdad inquietó mi adolescencia fue el temor a desarrollar mano de tenista. Al cura ni le extrañó siquiera que en agosto me confesase con los guantes puestos…

José Luis Alvite/larazon.es

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