Río con sandía

Río con sandía

A l jovencito Jorge Mario Bergoglio se le cruzó en el camino el aroma de la carnalidad primeriza de aquella chiquilla porteña, se sintió enamorado y en un arrebato de sana pasión le planteó la posibilidad de casarse y el dilema de meterse a cura si ella lo rechazaba. ¿A quien no le ha ocurrido algo así en esa edad en la que los chiquillos creen que para ser un hombre sólo se necesita un empleo, un vicio y desistir de la merienda? Es esa la edad en la que se ve venir la adolescencia y los muchachos dudan entre el placer lírico de leer un poema y la tentación de imitar lo que en la calle hacen bajo el sol los perros. Es fácil imaginar al jovencito Bergoglio perturbado al descubrir que está entrando en ese confuso territorio emocional y fisiológico en el que uno recuerda haber descubierto la pegadiza estribación del sexo al hundir la cara en la pulpa de la sandía, volvió luego sus ojos hacia el corro de las chiquillas y supo que en la taracea de aquellos cuerpos ácimos empezaba a desovar sus grumos la hembra salobre de la lujuria, el nudo corredizo de la obstetricia. Los doce años del jovencito Bergoglio no fueron distintos de los de los otros chiquillos, ni hizo seguramente nada que los demás no hayamos hecho a esa edad en la que cualquier bofetada te deja en la boca un anfibio sentimiento de árida tristeza mezclado con un húmedo regusto de fruta, como la primera vez que nos metimos desnudos hasta el medio del río y sentimos como piafaba entre las piernas aquella agua amniótica, caldosa y labial con la que al cabo de los años recordaríamos haber tenido un lío de faldas. El chiquillo Bergloglio es ahora ese Papa carismático y afable en cuyas manos vagamente nodrizas y escolares son muchos los que esperan que se abra con los ojos cerrados la hembra aniñada del pan.

José Luis Alvite/larazon.es

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