Puñetazo en la mesa

alvite

Alguien me dijo en una ocasión que cuando en un razonamiento una frase se queda corta, lo mejor es desistir de la gramática, perder la compostura y dar un puñetazo en la mesa. No es nada nuevo. Lo razonable no siempre resulta más persuasivo que lo contundente,

y es dudoso que sea siquiera más inteligente. Yo me he llevado siempre muy bien con los hombres que a falta de argumentos me hiciesen ver que su siguiente frase, la definitiva, seria sin duda una patada en los huevos. Podría ser que un tipo así no tuviese razón, pero, incluso si en el jodido antro estaba muy alta la música, al menos era de agradecer que se le entendiese todo sin necesidad de avivar la luz para leer sus labios. Además de ser menos espontánea, a veces la decencia es también más aburrida, lo que explica que el diácono de la parroquia tenga entre las mujeres menos gancho que el matón que vigila la puerta del club nocturno y, velando por el prestigio del local, solo deja entrar de madrugada a los tipos con peor reputación. Hace unos cuantos años, cuando yo era razonablemente peor persona que ahora, el dueño de un club de alterne me reconoció que a su local le perjudicaba mucho que nadie hablase pestes de aquel negocio, así que era más feliz cuando ocasionalmente hacía una redada la Policía. «En esta clase de negocio –me dijo– importa que la gente tenga las cosas claras y sepa que aquí jamás trabajaría Doris Day. Yo me preocupo de que mi local responda a su mala reputación, amigo. Después amanece y ocurre lo que ocurre. A la luz del día la gente finge y dice lo que no piensa. Créeme: todo funciona mejor cuando al anochecer la gente deja de lado la Ley y están en ámbar los semáforos». Y yo no necesitaba que aquel tipo tuviese razón; me conformaba con que fuese convincente.

Josè Luis Alvite/larazon.es

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