Otro Papa, otra voz

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Todo el mundo estaba ayer por la tarde pendiente de la decisión que pudiera surgir en el cónclave vaticano. Las televisiones siguieron la solemne procesión de los cardenales hacia su encierro con la minuciosidad expectante con la que habrían narrado las banalidades de Hollywood o una pasarela de moda. Hay incluso retransmisiones radiofónicas en tono desenfadado y trepidante, algo parecido al animado y acuciante relato de una carrera de caballos de cretona en el hipódromo. Incluso los comentaristas cruzan sus apuestas a favor de este o aquel cardenal. El formato periodístico que rodea al cónclave ha adoptado casi el soniquete del carrusel deportivo y la espera se sucede con indudable tensión informativa, como si en cualquier momento el conductor del programa fuese a pedirles a sus muchachos destacados en Roma que sitúen de vez en cuando el «minuto y resultado» de la reunión cardenalicia, de paso que es especula alegremente sobre la posibilidad de que salga un Papa italiano a la vieja usanza –lento, hipermétrope y carnoso– o resulte un Pontífice como el cardenal de Boston, un Papa terrenal y polideportivo que gaste bromas, guiñe el ojo en misa y masque chicle. Naturalmente, hay apuestas para todos los gustos y dudas razonables sobre la conveniencia de nombrar a un Pontífice que pueda estar en contacto con Dios sin olvidar que lo que sucede en las sacristías no es en absoluto más importante que lo que ocurre en las bocas del Metro. Desde la óptica de mi agnosticismo, preferiría un Papa ágil y moderno, alguien que sin necesidad de pasarse el día en Twitter sea capaz de comprender que el mundo ha cambiado mucho en veinte siglos de cristianismo y que, después de una plomiza tradición de melifluos papas sin sudor, no hay razón alguna para creer que la palabra de Dios no pueda propagarse en la garganta de un Pontífice que al asomarse a la ventana de San Pedro no hable como Montserrat Caballé.

Josè Luis Alvite/elpais.es/larazon.es

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