Las aterradoras peleas de los amantes

Las aterradoras peleas de los amantes

La más terrorífica estrategia en la riña de los amantes es el silencio. Es una forma de castigo, desde luego, una suerte de arma atómica que uno de los dos, por lo general el que va de agraviado (y que solamente está dispuesto a ceder cuando el otro, exhausto y humillado como el poblador que resiste durante semanas enteras el sitio del enemigo, termina por doblar las manos) utiliza ventajosamente gracias a la mayor fuerza personal de que dispone.

En las parejas siempre hay uno que es más poderoso. El perro de arriba, vamos. Y mientras que el perro de abajo no sepa, no pueda o no quiera restablecer cierta mínima igualdad de recursos estratégicos —o sea, un equilibrio en el armamento de cada quien— no podrá nunca afrontar la punición suprema que significa la estudiada, y calculada, indiferencia del castigador.

El silencio del que se siente tan ofendido como para exhibir el más duro alejamiento durante el tiempo que ha de durar el escarmiento aplicado al transgresor, se conecta directamente con la vivencia del abandono, que viene siendo, según dicen los que saben, una herida primaria de muchos comunes mortales. Y, llevando dentro ese vacío del ser que habitualmente es mitigado, precisamente, por el calor que brinda el amante, el condenado a vivir en la intemperie temporal no tiene las fuerzas para encarar cabalmente un desamparo que, además, imagina eterno, definitivo e irreversible.

Otro efecto devastador del silencio es la atormentadora aparición de fantasías catastróficas en la mente del que se encuentra, de pronto, frente a un semejante que se ha transformado en un muro impenetrable. Vive entonces una desconfirmación absoluta de su persona porque no encuentra, en el otro, reflejo alguno de su existencia. Y así, lo que en un momento era un cruel abandono se trasmuta poco a poco en una experiencia de aniquilación que se alimenta, por si fuera poco, de incertidumbre, zozobra y culpabilidad. En esta guerra, lo repito, las armas son terroríficas. Y pensar que al comienzo se la pasaban los dos tan bien…

Romàn Revueltas/mileniodiario

Pintura: Los amantes – René Magritte

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