La venganza del mar

Por: Juan Arias

El mar se venga de nosotros de dos formas: destruyéndonos con su fuerza y vomitándonos la basura que le arrojamos.

Voy a contarles, al respecto, una historia emblemática. Paseaba días atrás muy temprano por la playa donde vivo en Saquarema, cerca de Rio. Es una playa de cien kilómetros sin interrupción, de arena impoluta. El agua del Atlántico es aquí transparente, porque no hay puerto, ni pasan yates. Sólo algún barquito de pescadores locales o algún petrolero pero tan lejos de la playa que se adivina sólo como una sombra en el lejano horizonte.

Cuando el mar lambe la arena se queda tan limpia que se podría comer en ella. Y sin embargo, de vez en cuando, en días de resaca, el mar arrastra a la playa, vomitadas por las aguas, toneladas de basura, residuos de todo lo que las personas arrojan a aquellas aguas de cristal.

Esta mañana, al salir a pasear, me encontré de bruces con uno de esos espectáculos desagradables. Parecía que alguien había profanado aquella belleza natural. El mar había vomitado, devolviendo a sus amos toda la basura que le habían lanzado antes. Había todo tipo de objetos de plástico, botellas y latas de cervezas, viejas hawaianas, condones usados, tubos de pasta de dientes, pedazos de juguetes viejos descuartizados.
Una galería de miseria material.

En la playa no se abarcaba con la vista una persona. O mejor, había sólo un señor que será el protagonista simbólico de la historia. Era de media edad. Había llegado con su silla que colocó no en la franja de arena limpia bañada en ese momento por un mar ya sin resaca. La había colocado justo en el centro de uno de los montones de basura traídos por el mar.

Busqué entre los deshechos algo que no fuera pura basura. No lo encontré. Sólo al volver a casa observé un pequeño objeto que me llamó la atención. Estaba aún lleno de arena mojada. Estaba hecho de semillas. Podría ser una pieza de algún collar indígena

Me hubiese gustado hacer el viaje hacia atrás hasta llegar a las manos que habían perdido aquel objeto o que lo habían lanzado a las aguas como una ofrenda a Iemanjá, la diosa del mar. Me lo llevé a casa como un talismán del mar.

La venganza del marMi talismán hallado en la playa

Allí, con los píes descalzos pisando aquellos deshechos del mar aún mojados, el señor anónimo estaba leyendo el periódico. En su primera página un gran titular de uno de los tantos escándalos de corrupción política.

Si la basura material que el mar había vomitado aquella noche era un testigo y una acusación de nuestra falta de respeto por la naturaleza, aquel hombre, sentado sobre aquella basura, estaba también inmerso en otra basura, esta vez moral, la que cada día los políticos nos vomitan con sus suciedades de ilegalidad, de malversaciones de dinero público, de aprovechamiento personal.

Playa de Saquarema con resaca
En un primer momento quedé impresionado viendo a aquel señor leyendo el periódico, sentado sobre el basurero marino, cuando a dos metros tenía una franja de arena limpia.

Seguí mi paseo y pensándolo mejor, aquella escena irreal era en verdad emblemática de la basura moral, llegada de los responsables de la vida pública que debería velar por la limpieza ética de la vida política.

Casi entendí por qué aquel hombre que estaba sumergido en la basura moral que le vomitaba el periódico con su cruda realidad de escándalos políticos, ni se había dado cuenta que había colocado su silla encima de un basurero fruto de nuestra corrupción ambiental.

Y ese es nuestro peligro, que nos acostumbremos cada día a recibir ese vómito de escándalos políticos que ya ni nos inmuta. Podemos hasta dormir abrazados a ellos, como algo natural con los que hay que convivir, sin fuerzas ni voluntad de reaccionar

Playa de SaquaremaLa misma playa metros antes de la basura

Aquel señor podía haber dado dos pasos más y aún habría hallado una franja de limpieza, de arena aún sin pisar. Quizás acostumbrado a que en el basurero político no existen rincones limpios, pues todo ha sido contaminado, no se imaginaba en aquel momento que allí, en el mar había un lugar aún sin basura, donde sus píes hubieran podido pisar no pedazos de plásticos y vidrio quebrados, sino una cinta inmaculada de limpieza.

Son hoy justamente, los dos grandes escándalos que ensucian a nuestra civilización: la corrupción política y financiera, perpetrada cada día por los que nos gobiernan y la corrupción ambiental ejercida por todos nosotros que no sabemos respetar la belleza de nuestro Planeta, aquella belleza del primer día de la creación ensuciada cada día con nuestra desidia, nuestra falta de conciencia ecológica y nuestro desprecio por el Planeta.

¿Donde encontrar un refugio de esperanza?

Yo lo procuro en la poesía, en la esencia de las cosas, en la alegría de mis nietos aún sin contaminar, en los ronroneos dulces de mis gatas, en mi mujer y mejor compañera de vida, en mi trabajo, en este blog y sus amigos, y en el arco iris que ayer cruzó por encima de mi casa y de la basura de la playa como un presagio de tiempos mejores.

¿Y ustedes, lectores, donde se refugian para no dejarse asfixiar por la corrupción que nos vomitan cada día los que deberían velar por nuestra felicidad?

Corrupción

Fuente: http://blogs.elpais.com/vientos-de-brasil

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